30.9.06
25.9.06
De por qué mi vida es un esperpento.

Dicen que los polos opuestos se atraen, y que dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma opinión (o condición, el refrán cambia por familias). En mi caso, yo creo que Quic y yo compartimos vida porque con lo desastre que somos no podríamos compartirla con nadie más.
18.9.06
El ciego del subnormal.

Este ha sido, por motivos que no voy a hacer públicos (al menos, no por este medio) uno de los peores fines de semana de mi vida Empezó dejándonos sin esos tres días de playa y relax que teníamos programados y siguió con mucho estrés, mucha tensión, mucha responsabilidad, mucha preocupación, y muy pocas (pero muy pocas) horas de sueño.
Para relajarnos de todo eso, el domingo decidimos tomarnos unas horas de descanso e irnos a la casa de campo a comer, con colegas, con sus hijos, con sus perros... Pero no iba a ser la comida bucólica que esperábamos porque estaba claro que este no era mi fin de semana, pero yo no me había percatado de ello.
Salimos de casa, dispuestos a pasar unas horas estupendas, y ocurrió el primer desastre: Mari Puri no arranca, se ha quedado sin batería (de flipar, porque estando quieta todo el mes de agosto tenía la batería como una rosa, y este fin de semana, que ha estado de un lado para otro, decide quedarse sin batería). Llamo a mi hermana: "Oye, que no vamos, que estoy sin batería y voy a llamar al RACE". "No llames, que seguro que tardan un huevo en ir. Voy para allá y le ponemos las pinzas, que tardamos menos".
Vienen, ponemos las pinzas y... nada. La batería está tan descargada que no sirve de nada. "Mira, que le den. Nos vamos en tu coche y ya me preocuparé de llamar al RACE esta noche".
Nos vamos, nos perdemos gracias a Gallardón y a sus zanjas. Nos pilla el atasco del siglo, pero no desistimos y por fin llegamos a la casa de campo. Hemos quedado en el lago pero... oh, mierda, la casa de campo está cortada, y desde dónde hemos entrado no se puede llegar al lago. Llamamos a aquellos con quienes hemos quedado: no hay problema, no llegamos tarde, llevan una hora perdidos por la M-30.
Tras vueltas y vueltas, y atascos y atascos, nos reunimos todos en el lugar convenido. Eran las 16:30h y a las 17:30 h. teníamos que irnos a ocuparnos del asunto que nos ha traído de cabeza el finde, pero, mira, al menos tenemos una hora de relax.
El coche estaba aparcado en una calle cortada, y no sabíamos como salir de la misma. Mi cuñado: "da la vuelta y sal por esta misma calle" Mi hermana "no, es dirección prohibida" "No puede ser dirección prohibida, porque la calle está cortada y por algún lado hay que salir" "Bueno, lo que tú digas".
!0 metros más allá, nos paran los municipales "señora, iba usted en dirección prohibida" "ya, verá, es que la calle está cortada y no sabía por donde salir" "tenía usted una salida un poco más allá" "ah, es que como había una señal de calle cortada..." "Documentación del vehícuo, por favor" "Tenga" "¿Permiso de conducir?" "Huy, pues no lo llevo encima" "Dejeme su DNI"
Se va el munipa... mi hermana se caga en todo lo cagable, principalmente en mi cuñado y toda su familia... vuelve el munipa "lo dejo en un aviso, pero acostumbrese a llevar el permiso encima y cuidado con las señalizaciones".
Buff, menos mal. Vámonos, anda, que ya se nos ha hecho tardísimo.
Parece que no podía pasar nada más. Pero no canteis victoria demasiado pronto. Nos paramos en un semáforo y el vehículo de delante (bueno, su conductor) decide que quiere aparcar en un hueco que hay al lado de nuestro coche, así que empieza a maniobrar hacia atrás sin mirar si algún coche le impide el paso y sin, por supuesto, darnos tiempo a recular para dejarle el sitio libre.
Aún no sé cómo, pero el tio consiguió meterse en el aparcamiento sin darnos. Y entonces mi cuñado hizo lo único que nos ha hecho reir este finde. Le miró y, aturullado, le dijo "¿Tú eres el tonto del culo o el ciego del subnormal?". No sé si fue tan gracioso, o fue la tensión acumulada, pero a todos los del coche se nos saltaron las lágrimas y no paramos de reir en un buen rato.
Bueno, ya no puede pasar nada más. Sigamos el atasco hasta atocha, dejemos a Quic en el tren camino a casa y los demás encaminemonos a nuestro destino, que ya vamos tarde que te cagas.
Dejamos a Quic y.... oh, horror, la castellana está cortada. Media vuelta, atasco infernal, desesperación ¿qué más puede pasar?. LLegamos a nuestro destino a las 19:30 h. y parece que mi mala suerte se ha quedado en el coche, por fin.
Pero no, Quic me llama y me cuenta que se ha ido sin llaves y no puede entrar en casa. ¿Es o no es para ahorcarse?
Al menos, cada vez que me acuerdo del ciego del subnormal, me descojono.
14.9.06
Urgencias.

Me confieso una verdadera enferma, psicópata y obsesivo – compulsiva en lo que a series se refiere. Son muchas las series de TV que me apasionan, bastante las que me gustan y prácticamente todas soy capaz de tragármelas un día tras otro aunque me parezcan patéticas. Así, por ejemplo, de Hospital Central habré visto no menos de 10 capítulos y me parece una de las peores series que jamás se han emitido.
He de reconocer que en algunas ocasiones he llegado a avergonzarme por mi afición a las series, por ejemplo en estas vacaciones, en las que, con tanto tiempo libre, me aficioné a Los Serranos y llegué a tragarme 8 capítulos seguidos. Al final, hasta me reía a carcajadas. Un drama, vamos.
Pero, respecto a otras series, me siento muy orgullosa de declararme fan incondicional. Y una de ellas es Urgencias, la serie entre las series. La mejor serie de la historia de la TV, sin duda alguna.
Y si me siento orgullosa no es sólo porque la serie sea realmente cojonuda, que lo es. Es una serie con la dosis justa de emoción, con esos capítulos de inicio de temporada en la que todos estaban a punto de morir o de matar que te enganchan para el resto del año. Tiene también la dosis justa de cursilería, con las relaciones entre los distintos personajes. La dosis justa de dramas, con muertes de las que nunca nos recuperaremos. Y la dosis justa de humor, con ese Dr. Romano, que hasta cuando drámaticamente salió de la serie, lo hizo de forma graciosa.
Por otro lado, las tramas son siempre interesantes, los movimientos de cámara cojonudos, y, según me confirmaba el otro día una amiga médico, unos guiones muy verosímiles.
Pero como digo, no me siento orgullosa de ser fan de Urgencias porque sea una buena serie, sino porque, gracias a TVE, para seguir Urgencias con regularidad hay que echarle dos cojones y un palillo.
Jamás entendí que una serie tan buena sea tan maltratada por nuestra querida televisión pública. Conozco gente que no la ha visto, o que es incapaz de seguirla, pero no conozco a nadie que la haya visto y no le haya gustado, y sin embargo, TVE le da un trato horrible.
Hace por lo menos 10 años que la emiten sin horario fijo, sin día fijo. Lo mismo te la ponen a las 00:15 h de un martes, que a las 01:25 h de un jueves, que a las 02:35 h. de un sábado. Algo así como con Días de cine, vamos.
Durante unos años, cada principio de temporada la empezaban a poner en prime time, a las 22:00 h de un miércoles, por ejemplo. Y tú pensabas, coño, ya era hora de que se dieran cuenta de que Urgencias es mucho mejor serie que Hostal Royal Manzanares y/o Ana y los 7 (suponiendo, que es mucho suponer, que tales engendros merezcan el calificativo de serie).
Pero tu gozo en un pozo cuando llegaba el miércoles siguiente, y a las 22 h te plantabas delante de la tele y ... a) tenías un interesantísimo Belice – Trinidad y Tobago, sub – 20 clasificatorio para el mundial 2038, b) te encontrabas con los mejores momentos de Lina Morgan en “La tonta del bote”, c) Te deleitabas con la decimocuarta gala “Murcia, que bella eres”.
¡Iros a tomar por culo, hombre ya!
Mi teoría es que, dado que los fans de Urgencias somos seres inteligentes y, por tanto, somos fans incondicionales, y dado que decidieron ponerla en un horario decente cuando habían emitido ya unas cuantas temporadas (y, por tanto, la gente que no había visto éstas, se veía ya incapaz de empezar a seguirla), el resultado fue que la serie tenía la misma audiencia a las 22 horas de un miércoles que a las 03:27 h de un lunes, fenómeno que, sin embargo (y vaya usté a saber porqué) no ocurre con “Murcia, tenemos un problema”.
Finalmente, los señores simpáticos que deciden la parrilla del Ente Público, han tenido a bien, pese a que hace ya muchísimo tiempo que finalizó la última temporada emitida (tanto que ni me acuerdo), no anunciar siquiera si piensan emitir la siguiente. De cuando piensan emitirla, ni hablamos.
Y yo, que tengo en casa, grabados, pendientes de ver, 4 capítulos de 24, 4 de la Casa Blanca y unos 5 de perdidos; que tengo pendiente de bajarme Prisión Break, para echarle un ojo; que tengo por ahí dos dvd’s que nos pasó una amiga de The Young Ones; que también sigo fielmente Anatomía de Grey, Mentes Criminales y Entre Fantasmas; que hoy a las 22 h. no me pierdo el capítulo de Médium que en el anuncio parecía interesantísimo, que seguiré en cuanto empiecen las nuevas temporadas de Alias y de Mujeres Desesperadas... con eso y más, tengo un mono de Urgencias que no me cabe en el cuerpo.
¿Qué me pasa, doctor?
12.9.06
Coleccionables.

En las tres últimas semanas del verano, además de dedicarme a leer y a contar el viaje a NYC, vi mucha, pero mucha, tele.
2.9.06
NYC VII y Final.
Empezamos el día paseando por Central Park, por la zona que, en honor a John Lennon, se llama Strawberry Fields. Por fin hoy encontramos la estatua de Alicia en el País de las Maravillas, y la de Hans Christian Andersen.
La gente es muy maleducada, y los niños hijos de padres maleducados, son más insoportables si cabe, por todo lo cual fue imposible hacerme una foto yo sola con Alicia, así que como recuerdo tengo una foto en la estatua con dos niños feos detrás con cara de “a ver si esta tía se marcha ya”.
Después fuimos al MET, dónde decidimos separarnos para economizar el tiempo, pues cada uno tenía ganas de ver cosas distintas. Nuevamente, tratándose de arte, dejaré que la crítica la haga Quic si quiere.
Yo, que soy mucho más banal, destacaré que un cuartucho del museo estaba dedicado a tienda de oportunidades, dónde podías comprar libros, posters, juguetes, recuerdos… que, por ser viejos o estar un poco estropeados, eran baratísimos. Nosotros adquirimos un reloj de pared de lo más chulo.
Quic me mataría si no hiciera mención a los cuadros de muñecas de Rosenquist, que le dejaron absolutamente flipado. Yo creo que lo que más me gustó fue la zona de esculturas, aunque flipé con lo pequeño que el El Pensador.
A la hora convenida nos encontramos en las escaleras exteriores del museo, y nos dirigimos a una hamburguesería supuestamente famosa que venía reseñada en nuestra guía. Lugar imprescindible en todo viaje friqui a NY que se precie: “Lexington Candy Shop" en la esquina de Lexington Av. con la E83St.
Típica hamburguesería de película, con su pared a rayas, sus taburetes, sus paneles separadores entre las mesas… no sé como describirla mejor, pero si sois seres dignos de atención, sabréis a qué me estoy refiriendo (Y si no, tal vez os ayude la foto).
De allí fuimos al hotel a cambiarnos y volvimos a aventurarnos camino al Rucker, a ver si esta vez teníamos más suerte y conseguíamos ver un partido decente. Pero no, vimos niños y más niños, qué se le va a hacer.
Eso sí, como esta vez habíamos dejado los prejuicios en casa, no pasamos nada de miedo. Como en nuestro barrio íbamos los dos más chulos que un ocho. Qué coño, que somos de Vallecas (bueno, yo lo soy sólo de adopción, pero algo es algo).
Una vez comprobado que no había partido ni ná, nos fuimos a la tienda NBA a ultimar unas compritas y quedamos con Mil y V., amigos de Quic que, casualidades de la vida, estaban también en NYC. Tuvimos una cena de lo más agradable, contándonos mutuamente en qué nos habíamos fundido la pasta y de camino adónde nos había salido esta última ampolla.
Una vez nos despedimos de Mil y V., Quic y servilleta nos encaminamos hacia nuestra primera y única noche de copas en estos lares. En la guía venían recomendados un par de garitos que tenían un lounge en el que se podía fumar, y como para mi cubata – cigarro son entes inseparables, allá que nos dirigimos. Pero resulta que no se podía entrar con zapatillas (no conocen aquí a esos chicos tan majos del El canto de loco) y claro, nosotros, como que no.
Empezamos a dar vueltas y finalmente encontramos un sitio en, creo, Ámsterdam o Columbus Av., que tenía buena pinta. Tras descubrir que los cubatas de ron no eran su fuerte, me pasé, siguiendo el ejemplo de Quic (que siempre tiene mejor ojo para esto de las copas) a los mojitos. Nos tomamos unos cuántos, no sabría precisar y nos fuimos a dormir (la).
A destacar el hecho de que, con mi escaso (más bien nulo) nivel de inglés, fui perfectamente capaz de mantener la típica conversación de cola de baño de chicas.
- ¿Esta ocupado?
- Sí.
- ¿Seguro?
- Sí.
- Tarda mucho ¿no? Porque lleva un rato sin avanzar la cola.
- Sí.
- No entiendo como algunas tardan tanto, yo no tardo casi nada.
- Ya.
Supongo que adivinareis cual de las dos interlocutoras era yo.
SÁBADO 12 DE AGOSTO DE 2006: TIENDA ADIDAS – LISBOA – MADRID – BARCELONA
Nos despertamos con el tiempo justo para ir a la tienda adidas a intentar comprarnos una bolsa deporte. La necesitábamos para poder traer de vuelta todas las cosas que habíamos comprado, y eso que nos habíamos llevado una maleta vacía a tal fin, que resultó ser claramente insuficiente.
La compramos y Quic aprovechó para comprarse por fin las zapatillas adicolor de la rana Gustavo, que las llevábamos viendo todo el viaje pero nunca tenían de su número. Curiosamente, no las tenían en a tienda adidas, sino en otra tienda de zapas que había al lado.
Volvimos al hotel, terminamos de hacer las maletas y bajamos a esperar a Marco, que el día anterior nos había llamado (ojo, a las 7 de la mañana) para decirnos que nos recogían a la una de la tarde (nuestro avión salía a las seis y media) para llevarnos a Newark.
Íbamos un poco acojonados, porque dos días antes habían cogido a los supuestos terroristas en Londres, y las medidas de seguridad se habían multiplicado por diez mil. De hecho, el día anterior habían desalojado Newark por culpa de un paquete “sospechoso”.
Lo hicimos bien, porque facturamos todo excepto mi bolso (que iba lleno de libros) y el portátil, así que pasamos el control de seguridad en cinco minutos (no había ni colas para pasarlo), eso sí, lo pasamos descalzos, y yo sin calcetines (cosa de llevar sandalias, leñe) y creo que me traje todas las bacterias de la moqueta del aeropuerto adheridas a las plantas de mis pies.
El viaje pasó bien, comida, Perdidos, lectura, dormir, comida, aterrizar. Directamente nos metieron en un coche en Lisboa, nos llevaron a pasar el control de pasaporte y vuelta a otro avión rumbo a Madrid.
Una vez aterrizamos fuimos a casa de mi madre, a verla, recoger algo de comer y, lo más importante, la cinta donde mi querida madre me había grabado los tres primeros capítulos de 24.
Tras un rato de charla nos fuimos a casa, deshicimos maletas, las hicimos de nuevo, comimos, Quic se durmió en un sillón, yo vi los tres capítulos de 24 (parándolo una vez para dar una cabezada de 30 minutos), y vuelta al taxi, y vuelta al aeropuerto, y un nuevo avión rumbo a Barcelona.
Tras intentar colarnos en casa de los vecinos por razones que no vienen al caso, llegamos al piso que habíamos alquilado a eso de las once de la noche del domingo día trece (del hotel de NY habíamos salido a lasa 13 h. del sábado) absolutamente reventados, pese a lo cual le eché dos huevos y me pegué dos capítulos de 24 antes de dormirme.
31.8.06
NYC VI: Greenwich Village - Tribeca - Soho
JUEVES 10 DE AGOSTO DE 2006.
Recorrimos Greenwich Village paseando sobre todo por Thompson St., una calle súper chula llena de tiendas de ajedrez, en muchas de las cuales la gente se reúne a jugar previo pago de un dólar. Además, en las tiendas tienen ajedreces muy originales: de Scooby Doo, de Alicia en el Pais de las Maravillas, de El Mago de Oz… y de temas más serios en los que ni siquiera me fijé.
Después pasamos por el Café Wha?, local de conciertos muy de moda en los 60 y en el que empezaron su carrera diversos artistas, el más destacable, Bob Dylan. Después pasamos por una famosa taberna clandestina en la época de la prohibición, pero ahora el edificio está siendo rehabilitado y con los andamios no es que pudiéramos ver nada.
Acabamos de recorrer el Village en una plaza a destacar porque en ella hay unas estatuas de dos parejas homosexuales, y otra de una señor que no recuerdo cómo se llamaba pero que es famoso, entre otras cosas, por ser el que acuñó la frese “El indio bueno es el indio muerto”, muy majo él.
Después paseamos por Tribeca y por el Soho, de los que no tengo anécdotas culturales que contar, porque este recorrido lo hicimos por nuestra cuenta, sin guía. A destacar que buscamos el “Tribeca Film Center” y, aunque supuestamente estuvimos al lado, no lo encontramos.
Decidimos acabar la tarde tomando una cervecita en el sitio del muelle que nos había gustado el otro día. Caminando hacia allí empezó a chispear y Quic estuvo muy avispado sugiriendo que nos resguardáramos, porque fue meternos en una heladería y empezar a caer la chupa del siglo.
En un momento que amainó pasamos a resguardarnos en una librería y luego en los muelles. De tomar nada nos olvidamos, pero como parecía que había parado decidimos ir a Times Sq. dónde descubrimos la tienda “Bubba Gump Shrimp Co.” (¿Os suena? Pensad en Forrest Gump) dónde nos volvimos locos a comprar.
De allí a Columbus Circle, donde compramos unos perritos y nos los comimos en la entrada sur de Central Park. Empezó a llover de nuevo y nos fuimos al hotel.
Como no paraba de llover a mares, decidimos comprar unas hamburguesas y cenar en la habitación, donde no recuerdo si vimos unos Perdidos, o Un franco catorce pesetas.
30.8.06
NYC IV y V.

MARTES 8 DE AGOSTO DE 2006: MIDTOWN MANHATTAN – ONU – NY DE LOS INMIGRANTES.
Tras el desayuno habitual comprado en el badulaque nos dirigimos al Midtown Manhattan a patear un poquillo. La idea era ir al MOMA, pero cuando llegamos allí resulta que los martes estaba cerrado, así que decidimos emplear la mañana en ver unos cuantos sitios sueltos que nos interesaban, para por la tarde ir a lo que en nuestra guía se llamaba el NY de los inmigrantes.
Empezamos por el Empire State Building, al que se supone que todo turista ha de subir una vez en la vida para contemplar las vistas de la ciudad. Yo no haré eso jamás, porque mi vértigo y yo somos así de patéticos, qué se le va a hacer.
De allí caminando a Grand Central Terminal, a flipar un poquito recordando a Elliot Ness y la famosísima escena del carrito de bebé. Y a la ONU, a fardar de ciudadanos del mundo intelectuales y gafapastas, y a que Quic hiciera verdadero arte fotografiando las banderas.
Ya desfallecidos paramos a comer y una vez repuestas las fuerzas nos dirigimos a Chinatown, previo paso por la US Courthouse, y por el lugar en el que se encontraban los cinco barrios o pueblos que se reflejan en Gangs of New York. Lugar que, sin mi guía a mano en este momento, no sé ni nombrar ni describir con propiedad.
Me flipó Chinatown, me quedé impresionada, no lo imaginaba así, tan, tan, tan… chino. Ahora, que no es por comentar, ni por insultar gratuitamente, ni nada, pero hay que ver qué mal huele Chinatown, joder.
A destacar el hecho de que presenciamos una pelea entre un chino delgaducho y un chino más grande y borracho. Expectantes ante la posibilidad de presenciar un rollo ninja nos quedamos un ratillo observando, pero todo quedó en eso, meras expectativas.
A continuación nos pateamos Little Italy (en la foto), un derroche de colorido, pizzerías, tratorías y horteradas… muy italiano todo.
Allí compramos unas maravillosas estampas de El Padrino y de Scarface. Porque estos italianos están tan orgullosos de su mafia, y les es un negocio tan provechoso, que todas las tiendas estaban llenas de merchandising de Scarface e imágenes de Tony Montana, quien, si no me equivoco yo mucho, de italiano no tenía nada.
En fin… Acabamos el tour del NY de los inmigrantes (por el que Marco te cobraba 75 dólares por cabeza) pateándonos un poco de zona judía, llenita llenita de galleteros, y haciendo unas estupendas fotos de contrastes de los suburbios con el Empire State.
Nos pasamos por la tienda del Madison Square Garden, no para comprar compulsivamente, sino para hablar con el gerente de la misma, que es español y todo un centro de información en lo que a ver basket en NY se refiere. Pero no estaba, así que quedamos en volver al día siguiente.
Al hotel, cambiarnos, ducharnos e intentar nuevamente cenar en el Tokio Pop, que esta vez estaba lleno. Fuimos a un restaurante que había enfrente pero que no recuerdo cómo se llamaba, ni tampoco qué cenó Quic. Sólo recuerdo que yo tomé un pollo demasiado especiado. Recuerdo también que, tras esperar un rato en la barra para conseguir una mesa de terraza, resultó luego que, por extrañas y ridículas razones que no alcanzo a comprender, en las terrazas tienen zonas de fumadores (que no suelen ser más de tres o cuatro mesas) y el resto de la terraza es de no fumador. Dada mi suerte, por supuesto me tocó una mesa de no fumadores y vi mi gozo hundido en un profundo y mugriento pozo.
El tour del miércoles empieza donde terminó el del martes, en el Madison Sq. Garden buscando información sobre basket urbano. D.G., el gerente de la tienda del Madison, fue muy amable con nosotros, como por lo visto lo es con todo el que va a pedirle ayuda. Nos explicó cómo llegar al Rucker, uno de los playgrounds más famosos de NY (aunque un libro que se compró Quic – sobre playgrounds – no incluía éste entre los cinco mejores de Estados Unidos), que está en Harlem, concretamente en la W155St con la 8ª Av.
Una vez con la información pertinente bien aprendida, nos fuimos a dar una vuelta por el barrio de Chelsea, el barrio gay de NY y el centro de las galerías de arte, después de que los artistas más importantes dejaran el Soho debido al encarecimiento de los alquileres.
El tour por este barrio empezó en el Hotel Chelsea, famoso por muchísimas cosas entre las que destacaremos que en él se rodó la peli “León, el profesional” (lo que me acordé de ti, hermanita). Caminamos mucho por este curioso barrio, repleto de galerías de arte situadas entre talleres mecánicos.
Al final del recorrido nos encontramos con un cartel en una pared que rezaba “Viva Pedro” y anunciaba un ciclo de pelis de Almodóvar. Lo cual nos provocó un shock del que debíamos recuperarnos, o no, el caso es que acabamos en una terracita tomando una cerveza.
De allí al MOMA, pasando por el Radio City Music Hall y comiendo unos estupendos perritos en la puerta. Como esta vez el museo sí que estaba abierto, pues pagamos religiosamente y entramos.
Yo no tengo ni puñetera idea de arte, y de arte moderno aún menos, así que la crítica intelectual se la dejaré a Quic, para el caso de que alguna vez en su vida quiera actualizar su blog.
Sólo diré que casi muero de una pulmonía, porque estos señores no tienen ni puta idea de lo que significa moderar un poco la temperatura del aire acondicionado, y una es tan espabilada que en plena ola de calor no se le ocurrió meter en la maleta algo con lo que resguardarse de la gélida temperatura del interior del museo.
Una vez finalizada la visita express (tampoco puedes pegarte días enteros en el museo, cuando tienes una semana para exprimir NY al máximo) salimos a disfrutar del calorcito de la calle.
Volvimos a Penn Station y cogimos el tren D, camino de W155 St., con tiempo de sobra, porque D.G. nos había explicado que esta tarde había un partido de la liga del Rucker, y que había que estar allí una hora antes si querías coger sitio.
Pero, oh maldición, resulta que el tren D por las tardes es express, y no para en todas las estaciones, entre ellas, casualidades de la vida, en la 155. Y allí que estábamos Quic y yo, en un tren en el que no había más de 10 blancos, adentrándonos en Harlem, a escasas horas de anochecer, sin saber dónde tendría a bien parar el conductor y sin saber qué tren no-express teníamos que coger luego para volver, bien al Rucker, bien al hotel.
Y en estas que un chico que había estado oyéndonos discutir sobre nuestras posibilidades de sobrevivir, se nos acercó y nos preguntó a dónde queríamos ir. Nos explicó lo de que el D por las tardes era express, y que en la primera estación que parase nos bajásemos y cogiésemos en sentido contrario el tren B, que hace el mismo recorrido que el D, pero para en todas las estaciones.
Eso hicimos y por fin llegamos al Rucker, temiéndonos que no encontraríamos sitio ni de coña, porque llegábamos mucho más tarde de lo previsto.
Salimos y nos encaminamos a la cancha, que estaba prácticamente vacía, nos sentamos en la grada sol (que es la que estaba vacía, porque nos daba algo más que respeto sentarnos en la de sombra en la que sí había gente – téngase en cuenta que éramos los únicos blancos en kms. a la redonda, y cantaba que éramos unos pobres pardillos de turismo-). Nos sentamos… esperamos… flipamos viendo cómo juegan al baloncesto los niños (y ojo, las niñas) en este lugar… seguimos esperando…oyendo constantes sirenas de policía… acrecentando poco a poco nuestra sensación de estar en la auténtica ciudad sin ley… y sin gente blanca (miento, vimos dos blancos en toda la tarde - por cierto, uno de ellos creemos que era el que hace de novio de Amèlie -)… y tras horas de que, en realidad y pese a nuestros temores y prejuicios, no pasara nada más allá de gente yendo y viniendo (estamos convencidos de que había un partido programado y se había suspendido, porque mucha gente venía, esperaba, hacía una llamada y se largaba), nos piramos al hotel.
Nos cambiamos y, por fin, conseguimos cenar muy ricamente en el Tokio Pop.
25.8.06
NYC III: Estatua de la Libertad - Lower Manhattan
En el metro nos acojonamos porque de repente decían por los altavoces algo acerca de que unos vagones llegaban a South Ferry y otros no, pero no lo entendíamos muy bien. Tuvimos suerte y nuestro vagón llegaba.
Una vez allí, tras atravesar Battery’s Park (que, tal y como dice la canción, it’s down, al contrario que el Bronx, que it’s up) y después de que una amable señora nos explicase que los tickets que ella vendía eran para el ferry que NO para en la Estatua, y nos indicase dónde se compraban los del ferry que SI para, nos pusimos en una cola de tamaño considerable para comprarlos.
Como estos señores son expertos gestionadores de colas, ésta pasó en un pis pas y compramos los tickets para el ferry y el audiotour que Quic no quería y yo sí y que costaba una pasta (por supuesto, siempre me salgo con la mía). Y nos pusimos en una cola aún más grande pero que, gracias a esa estupenda gestión, pasó también relativamente pronto.
Al final de la cola había un señor que tenía un… a ver si consigo describir lo que era… una especie de tambor de metal, dado la vuelta, es decir, boca arriba, que tocaba introduciendo un palo en su interior y dándole vueltas (lo que describo no se parece en nada a la realidad, me temo) y según pasaban los turistas el tipo les preguntaba de dónde eran y acto seguido tocaba de forma increíble una canción típica o relacionada con el país. Si no recuerdo mal a nosotros nos tocó el himno nacional.
Cogimos el ferry y empezamos, bueno, empecé, que a Quic le tocaba un pie, me temo, a acojonarme con el tema de que nos habían estafado con el Audiotour, porque no nos lo daban, y yo había convencido a Quic para que nos gastáramos una pasta en semejante gilipollez. Insulté gratuitamente a diestro y siniestro, pues en cuanto desembarcamos había enfrente un puesto con un cartel enorme en el que te daban el Audiotour en tu correspondiente idioma.
Muy gracioso el Audiotour en cuestión, con la sudamericana que te contaba las cosas con un tono dramático nada apropiado y con el sonido enlatado que iba dando ambiente a la historia. Pero me sirvió para conocer cosillas interesantes.
Por ejemplo, que en los pies de la Estatua hay unas cadenas rotas, que la estructura interior la hizo Eiffel (cosa que sospechaba pero de la que no estaba segura), que inicialmente era dorada, bueno, color cobre, que es el material del que está hecha y que cuando se oxida se torna verde (sabía que los residuos de cobre son verdes, pero no imaginaba que una estatua de cobre pudiera volverse tan tan verde) y que Mr. Pulitzer consiguió el dinero que hacía falta para terminarla haciendo una campaña de aportaciones populares a través de su periódico.
Y, por último, que a los neoyorkinos no les hacía nada de ilusión la Estatua inicialmente, pues consideraban que era francesa, no suya, pero luego le cogieron cariño, principalmente gracias a la campaña de Pulitzer.
Allí comimos unos perritos y volvimos en el ferry a Manhattan (pasando de bajarnos en Ellis Island, que no nos llamaba nada la atención) y nos pateamos el Lower Manhattan, principalmente por el Financial District.
Fraunces Tavern, Charging Bull, Wall Street, la Estatua de George Washington, rascacielos, contrastes, Trinity Church y gente muy trajeada en pleno agosto (en los tíos es más normal, pero flipé de ver a tanta tía con pantalón y chaqueta de traje con el calor que hacía) y la Zona Cero, que hoy en día no es más que un solar de una obra cualquiera, pero que sobrecoge más que nada por los recuerdos que todos tenemos del famoso 11-S. Acojona ver lo enorme del solar y recordarlo lleno de humo, de escombros, con la gente corriendo… Sobrecogen los carteles, las pintadas, las flores, los mensajes…
Y, por supuesto, compramos un montón de cosas, hoy principalmente libros. Muy a destacar una librería de Fulton St., cuyo nombre no recuerdo, pero en la que había muchísimos libros más que apetecibles a precios muy buenos.
Terminamos el recorrido en los muelles, donde nos sentamos a leer un poquito, con el puente de Brooklyn de fondo y donde luego disfrutamos de una cervecita y un cigarrito en una terraza muy agradable.
Una vez descansaditos fuimos a Times Sq., donde cogimos el metro al hotel para ducharnos y cambiarnos.
Ya limpitos y guapitos, nos encaminamos a un garito cerca (+/-) del hotel, que venía recomendado en nuestra guía y que además tenía otro al lado en el que tomarse una copichuela después.
Pero no existía ya, ni el de las copas tampoco. Así que insultemos gratuitamente a la guarrilla que escribió la guía, que, además, la muy puta, hace alabanza de que no se pueda fumar en los garitos.
Volvimos hacia el hotel e intentamos cenar en un Japo (Tokio Pop), pero ya estaba closed, así que cruzamos hacia uno que se llamaba Carne, y en el que en honor a su nombre nos comimos unas hamburguesas que nos supieron a gloria bendita.
24.8.06
NYC II: Harlem - Compras - The Cage
DOMINGO 6 DE AGOSTO DE 2006
A las 09:00 AM habíamos quedado con Marco y su gente para que nos llevaran a dar una vueltita por Harlem. Llegaron a las 09:15, lo cual, aunque nos acojonó un poquillo, a mí me vino muy bien para echarme algún cigarrito.
Llegó un autobús repletito, principalmente de catalanes, (ays, que me perdonen pero qué manía les estoy cogiendo. ¡Están en todas partes!) y empezamos el tour.
Yo, de verdad, que no entiendo mucho estos tours, vamos que no entiendo a la peña que se hace un tour y otro y otro, ¡no ves nada! Desde el autobús te van diciendo: a la derecha tal, a la izquierda Pascual, y si, como en nuestro caso, resulta que vas en la última fila y no tienes ventanas ni a la derecha ni detrás, pues no te enteras de nada.
Luego, cuando paran, te dicen: tenéis dos minutos, y aquello se convierte en una competición de saca la foto antes de que se cuele en medio esa puta vieja. Y claro, realmente no ves el sitio en el que estás, sólo lo fotografías. Y gracias a la maravilla de la tecnología de la fotografía digital, y aprovechando que, total, desde el autobús no ves la calle, pasas de lo que Marco va diciendo que verás a la derecha y aprovechas para ver el sitio que has fotografiado con tu camarita.
- Huy, esta se te ha movido un poquito.
- Claro, no te jode, como que me ha empujado el viejo aquél.
- Ah, y oye, ¿en ésta no se supone que salía yo? Si he posado y todo.
- Sí, estás detrás del bolso de esa señora.
En fin…
Que hicimos una parada en el Memorial al General Grant y después nos adentramos en Harlem, que no es ni de lejos tan fiero como lo pintan.
Hicimos otra parada express en el Cotton Club, y, ante mi absoluta incomprensión, la mitad de autobús pasó de bajar. O sea, os matáis para fotografiar la tumba del puñetero general y no os arrodilláis ante la imagen del Cotton Club. No, si esto me hace entender por qué me convertí en un ser muy poco sociable.
Pues ellos se lo perdieron, porque estaban limpiando el local y allá que nos colamos e hicimos unas fotitos chulas chulas. Pensamos que algún día estaría bien ir a tomarla allí, pero luego el cansancio y mi creciente dolor de gemelos lo hicieron poco probable.
Volvimos al autobús, a sentarnos al lado de la adolescente siniestra (era muy, muy siniestra, rara y algo tonta, toma insulto gratuito) y nos encaminamos hacia la única casa Colonial que queda en la zona (nos preguntamos, clarísimamente, si también nos enseñarían una de la época de antaño). Muy bonita la casa, pero más bonita la calle que había al lado, muy típica, con coche de poli incluido.
Y, hala, a correr, que no llegamos a la misa. Desde el autobús fotografié el Teatro Apollo, y entre el autobús y la iglesia a duras penas fotografié el edificio donde están las oficinas de Clinton, que ha provocado un encarecimiento de la leche en el suelo de la zona.
Y por fin llegamos a la Iglesia para asistir a una misa Gospel. Yo pensaba que sería una misa bastante adulterada, por aquello de que había 10.000 autobuses de turistas en la puerta, y que realmente no tendría nada que ver con lo que es una misa de verdad.
Pero ahora realmente creo que no es así, porque había mogollón de lugareños, que digo yo que no irán si no es una misa – misa.
La cosa es que la Iglesia era en realidad un teatro gigante, con la parte de arriba reservada a los turistas, aunque había también bastantes gentes autóctonas. Cuando subes hay un negro gigante que te dice dónde te sientas, y que luego vigilará todos tus movimientos para que no te descantilles ni un tanto así.
Muy fuerte el detalle de que antes de entrar Marco nos dijera lo siguiente: “Son un poco maniáticos con el tema de que no se saquen fotos, así que para entrar esconded las cámaras y luego ya dentro las sacáis”. Ni que decir tiene que Quic y yo no nos hemos traído ni una sola foto de la misa.
Pero la gente no se cortó ni un pelo. Un tío que teníamos dos filas por delante saca el móvil y hace una foto, el negro grande llega y le dice que nada de fotos, el tío la guarda, el negro se va, el tío saca otra foto, al negro se le escapa, el tío saca una tercera foto y el negro se le acerca, le toca por detrás y le dice, gestualmente, “van dos, a la tercera te vas”. El tío debió cagarse por fin, porque ya no sacó más.
A la salida se vanagloriaba de su hazaña. Dios, me quedé con las ganas de decirle “pero qué grandísimo gilipollas eres, majo” y esta vez no hubiera sido nada gratuito el insulto.
Pero en honor a la verdad he de decir que a mí también me regañó el gordo negro, pero fue un simple error. Estábamos todos de pie, porque el predicador estaba hablando y yo vi que algunos lugareños se iban sentando. Yo estaba reventada, así que siguiendo a los lugareños, me senté. El negro me tocó el hombro y me dijo que “pa arriba, chata, que aquí los lugareños faltan al respeto cuando quieren pero tú no, mientras yo pueda impedirlo” (poco más o menos). Así que me acojoné, me levanté y poco más.
Pero, bueno, a lo que íbamos, que la misa fue acojonante. Tuvimos suerte, pues ese fin de semana tocaba un coro mixto, que son los mejores, los más bonitos. Qué voces, qué pelos como escarpias, qué ganas de llorar de la emoción. De los espectáculos más bonitos que he visto en mi vida. Como decía Quic, es que así claro que mola ir a misa.
Y muy real todo lo de las películas: los negros se levantan, se pasean, gritan, se contonean, aplauden…. Igual que el predicador, que habla bien poco casi siempre para decir Aleluya y poco más. Igualito que los curas católicos españoles, vamos.
No sé, por un lado, da un poco de palo ver como un espectáculo lo que para ellos es una ceremonia religiosa a la que asisten con absoluto fervor. Pero por otro…joder, qué espectáculo.
De vuelta al autobús nos llevaron al centro, y flipamos al descubrir que alguna gente (por no decir gentuza) había contratado un tour… ¡para ir de compras! ¡Para ir de compras por la 5ª Avenida! (no te creas tú que por algún sitio inalcanzable o interesante por sus chollos) ¡Y costaban nada menos que 75 dólares por cabeza! Verdaderamente impresionante. ¿Y qué, para ir a cagar también habéis contratado un tour?
Nos soltaron en la placita donde está la tienda Apple (que no, no me acuerdo cómo se llama la plaza) y allí nos tomamos el primero de los que serían los muchos perritos que comeríamos en esta ciudad, empezamos a caminar e incumplimos el primer plan que me había propuesto: dejar las compras para los últimos días.
Disney, Nike, NBA, Modell´s, Toys ‘r’ us… me volví loca a comprar y comprar. Qué peligro tiene esta ciudad, como dice Naz, esta gente es especialista en vender cosas que tú necesitas llevarte a casa. Mi mejor adquisición (que me costó un precio que prefiero no recordar) fue un pijama de cirujano de Urgencias en la tienda de la NBC.
Cuando nos cansamos de comprar (¿cansarnos de comprar? ¡Nunca!) nos fuimos a ver deporte, que no practicarlo, y estuvimos viendo un partido de basket en la famosa “The Cage”, en la W 4th St., no me digáis que no la conocéis, ignorantes de la vida. Venga, os daré una pista, que hoy estoy generosa: es donde se rodó un famoso anuncio de Nike y allí se juega la liga amateur más famosa de NY, la Liga W4th, que no tenéis ni idea de nada.
De allí cogimos un taxi al hotel, que íbamos cargados como mulas.
Me duché, y mientras Quic hacía lo propio, preparándonos para salir a cenar… me quedé dormida y por más que lo intentó Quic, fue absolutamente incapaz de hacer que me moviera. Incluso una vez me levanté y me puse los pantalones, pero luego lloriqueé y volví a tumbarme.
Quic se hartó y bajó a comprar pizza para cenar, mi trozo me lo desayuné al día siguiente y me supo a gloria bendita.
23.8.06
NYC I: Madrid - NYC, Central Park
Nos habíamos acostado a una hora semidecente tras acabar las maletas y dejarlo todo preparado. En nuestros papeles del viaje ponía que teníamos que estar en el aeropuerto tres horas antes de que saliera el avión, como éste salía a las 10:35, pedimos al taxi que viniera a buscarnos a las 7:00, para asegurarnos no llegar tarde.
A las 7:15 estábamos en Barajas, T2, en el mostrador de TAP Portugal, y cuál es nuestra sorpresa cuando nos dicen que no, que hasta las 8:15 no podemos facturar. Joder, si nos lo hubieran dicho antes habríamos dormido otra horita, leñe.
En fin, que no recuerdo cómo (creo que haciendo varias compras y poco más), esperamos hasta la hora referida y facturamos. El calvorota de TAP nos dio las tarjetas de embarque para el vuelo Madrid – Lisboa y para el vuelo Lisboa – Nueva York.
Desayunamos, hicimos más tiempo leyendo y haciendo crucigramas y finalmente tomamos nuestro vuelo. Resulta que nuestro amigo Calvorota nos había sentado separados sin avisarnos. La cosa no era grave, simplemente teníamos el pasillo entre los dos. Compruebo las tarjetas de embarque del vuelo a Nueva York… ¡me cago en el puto Calvorota! ¡También vamos separados, Quic tiene el asiento “e” y yo el “g”! ¡En medio irá un “f” desconocido!
- Calvorota es un gilipollas, con lo pronto que hemos facturado no jodas que no había dos asientos juntos, y encima no avisa, y, jo, Quic, yo no quiero ir solita, que me da miedo… ¿Y cómo vamos a hacer los Perdidos avioneros?
- No te preocupes, Att, yo, que soy un machote de Lanzarote, lo solucionaré. Te lo prometo.
- Mucho más tranquila, dónde va a parar.
Y así llegamos a Lisboa, donde ávida de humo corrí en busca de la zona de fumadores, me eché un cigarrito y llamé a Naz, con quien puse a parir debidamente al jodido Calvorota.
Tras pasar un “control de seguridad” de lo más absurdo (si eso es seguridad, yo soy Juana de Arco) subimos al avión, y ahí cuando empezamos a envainárnosla. Resulta que estamos en la fila 42 y, en esa fila, en ese avión, no existe el asiento “f”, por lo que Quic y yo vamos juntos y hemos insultado gratuitamente durante horas al pobre Calvorota. Eso de insultar gratuitamente será una constante en este nuestro viaje, aunque aún no lo sabíamos.
El avión despegó y allá que íbamos nosotros. El vuelo fue bastante bien. Nos dieron comida, leímos, dormimos, escuchamos música, vimos dos Perdidos avioneros (nos habíamos llevado el portátil a tal fin) y volvimos a comer.
Finalmente, aterrizamos. Quic me había preparado para pasar el control de seguridad. Porque no te creas tú que los guardias hacen el mínimo esfuerzo para que les entiendas, y si no hablas inglés, te jodes.
Allá que llego yo y un negro gordo con cara de mala hostia me suelta ¿Weyuheindeiues? Y yo ¿Ein? Y él ¿Weyuheindeiues? Y yo ¿Ein? Él gruñe, y yo Excuse me, but I don’t understand you (con mi mejor inglés y mi cara de por favor no me mates). Y él, desesperado, ¿Why-are-youuuuuuu-hereeeeeee-in-the-U-S? Y yo, Aaaaaaaaaaaahhhhh, vaaaaaaleeeeee… HOLIDAYS (Me hubiera acordado de la dichosita canción de Madonna si no hubiese sido por mi convencimiento de que el negro iba a sacar una metralleta y me la iba a meter por el culo antes de dispararla de un momento a otro).
La cosa es que me tomó las huellas dactilares, me hizo una foto, me puso un sello y me grapó la carta verde al pasaporte y me dejó pasar. Creo que aún hoy, 14 días después, me siguen temblando las piernas.
Cogimos las maletas y salimos, allí nos esperaba un señor con un cartel que rezaba, entre otros Familia Quic - Att, para llevarnos al hotel. Pero no éramos los únicos a los que el mismo tío llevaba, así que en lo que esperamos a que vinieran los que faltaban, me salí a fumar un cigarro, que estaba ya que no podía (Quic afirma que me salí a fumar DOS cigarros, pero yo no lo recuerdo así).
Un rato después estábamos ya todos los turistas y Marco, que así se llamaba el señor, empezó a repartirnos. Habíamos aterrizado en el aeropuerto de Newark, que realmente está en New Jersey, no en Nueva York, pero no está muy lejos.
En el camino hacia NYC atravesamos un largísimo túnel cuyo nombre no consigo recordar (¿puede ser túnel Holland?), pero respecto del que Marco nos informó oportunamente que había sido escenario de la peli “Pánico en el Túnel”. Así me gusta, desde el principio viendo escenarios de peli, pensé yo.
A la salida del túnel Marco paró a echar gasolina, y echó 90 litros más o menos. Yo flipé, porque la pobre Mari Puri se llena con cuarenta.
Durante el trayecto Marco nos fue informando de los diversos tours por los que su empresa se embolsa una considerable cantidad. Nosotros decidimos contratar el tour “Harlem – Misa Gospel” por aquello de que ir solos por Harlem y colarnos solos en una iglesia no nos parecía de lo más apropiado.
Otros chicos contrataron el tour “NY nocturno” y el tour “contrastes”. Los contrastes serán otra constante en este viaje.
Fuimos dejando a todos los demás en lujosos hoteles del centro y nosotros, que somos más humildes que yo que sé, nos quedamos en el Marrakech Hotel, de dos estrellas, cutre-cutre, pero con encanto, y adecuado para hacer su función de lugar donde dejar las cosas, lavar y dormir.
Estaba un poco alejado del centro, en el Upper West Side (en la parte oeste- arriba de Central Park, Broadway con la 103, para ser exactos), pero teníamos el metro en la puerta, y en 10 – 15 min. estábamos en Times Sq. Así que ni tan mal.
Eran más o menos las 17:00 en Nueva York, más o menos las 23:00 en España, y nosotros nos habíamos levantado a las 6: 00 de la mañana. Pero no podíamos dormir hasta que fuera por la noche en NYC, porque si no arrastras el jet lag durante toda la semana.
Así que, para aguantar, nos fuimos a dar una vuelta por Central Park, que nos quedaba cerca.
Vimos a unos tíos representando teatro en mitad del parque, para niños (Quic mantiene que no era para niños), y había un montón de gente viéndolos. Los tíos de vez en cuando salían corriendo y se iban a otro terreno de césped, y toda la peña se levantaba y les seguía corriendo. Molaba un montón, pero yo no entendí nada de nada de lo que decían.
Luego vimos a gente jugando al baseball. Y es que había yo no sé cuántos campos en medio del parque.
Luego nos perdimos, y nos encontramos, y nos volvimos a perder….Y caminamos, caminamos, caminamos…. Y estábamos buscando la estatua de Alicia en el País de las Maravillas, que a mí me hacía mucha ilusión hacerme una foto allí, pero no había manera. Preguntamos, nos indicaron… (un chaval de nuestra edad que según le paramos le dijo a quic “Yes, Sir” , mientras yo flipaba con ese exceso de educación) y nos volvimos a perder…. Y se hizo de noche… y nos empezó a dar miedo… y, total, que salimos del parque sin encontrarla, 30 calles más a bajo de nuestro hotel y en el lado este. Así que cogimos un taxi para que nos llevara al hotel.
Una vez allí, cenamos en un restaurante francés que había enfrente, Le café du soleil me recuerda Quic que se llamaba. Un paté y unos Moules et frites, muy rico todo. Y nos fuimos al hotel a dormir, que estábamos reventados.
31.7.06
On the town.

Me piro, por fin, de vacaciones. En unas horas abandonaré este despacho, esta mesa, este ordenador, para no verlos más hasta septiembre.
26.7.06
Historias de piscina.
Yo no tengo piscina en casa, ni en la de mis padres, ni en la casa de la playa. Lo más parecido a una piscina que hay en mi entorno es una piscina vacía, con filtraciones y con la depuradora rota que hay en casa de Mari-Ici, y una piscina hinchable para niños tamaño industrial que ha puesto Mari-Ici en su jardín (para suplir las carencias de la otra) y en la que me he remojado este verano una sola vez.
Todas las semanas me planteo ir al menos un par de veces a la piscina pública, pero por unas cosas u otras al final no voy. Sin embargo, me encanta la piscina, me gusta casi más que el mar, aun cuando la considero mucho menos higiénica.
Todos mis recuerdos de verano de mi niñez (y por niñez me refiero a todo el tiempo transcurrido desde que tengo memoria hasta que empecé a currar, y a tener sólo un mes de vacaciones) van estrechamente ligados a una piscina en concreto, en la que recuerdo haber pasado prácticamente los mejores ratos de mi vida.
Y no sé por qué le tengo tanto cariño a esa especie de alberca, cuando en las piscinas en general he tenido experiencias verdaderamente atroces. A saber, a modo de ejemplo:
- Contaba yo con más o menos tres añitos, y me daba miedo subir al trampolín alto de esa piscina en concreto de la que digo tener tan buenos recuerdos. Uno de mis hermanos mayores, concretamente con 19 años más que yo, me convenció para subirme con él, bajo la vil argucia de prometerme tirarse conmigo en brazos, de pie y sin soltarme hasta que entraramos en el agua. Acepté, subimos a aquél trampolín cuya altura no recuerdo (pero creedme, era muchísima, sobre todo comparada con la mía en aquella época), me cogió en brazos, saltó y en el preciso instante en que sus pies tocaban sólo el aire, no sólo me soltó, sino que realmente me lanzó hacia arriba, empecé a dar vueltas y finalmente estrellé mi panza contra el agua en un acto doloroso que aún hoy, 23 años después, me pone los pelos de punta recordar.
Qué leche no me daría que todos mis hermanos, presentes en aquél cruel y doloroso momento, se tiraron a por mí al agua ante el unánime pensamiento de "la niña s´ha matao".
- Desde entonces le tuve terror a las alturas, a los puentes y a ese trampolín en concreto. Terror que se me ponía en el corazón y en la garganta cada vez que veía a uno de "los mayores" hacer el gilipollas saltando de ese trampolín, pero, en lugar de hacerlo hacia el frente, hacerlo de lado, desafiando la posibilidad de hostiarse contra el trampolín mediano (que estaba en la trayectoria lateral) o, en su defecto, contra el bordillo de la charca.
Eso le ocurrió unos cuantos años después a un hombre al que no conocía, que se tiró de lado y se abrió la cabeza contra el bordillo. Creo recordar que no murió, pero que fue un acontecimiento que podríamos calificar como muy desagradable.
- De por sí aquella piscina era un desafío contra la higiene, principalmente porque los miércoles hacíamos en ella fiestas con barra libre de cerveza y sangría que duraban hasta altas horas de la madrugada y en las que, os podéis imaginar, en la piscina se derramaban toda clase de líquidos (con y sin tropezones), excepto cloro precisamente. Ahora, que nosotras, ni cortas ni perezosas nos metíamos en la piscina al día siguiente de las fiestas, no sólo para limpiar el fondo y paredes de la misma, sino, muy principalmente, para agenciarnos la pasta que se le había caído a la gente que, voluntaria o forzosamente, se había dado un chapuzón con toda la vestimenta.
Mítica es aquella vez que, a la mañana siguiente a una fiesta, encima de una mesa fueron encontradas dos huellas humanas, y, entre las mismas, una excreción de considerable dimensión (una pedazo de mierda, vaya). Vale que no es en el agua piscinera, pero es su entorno, así que me vale como anéctoda de piscina.
- Y, por último, no puedo dejar de contar otra experiencia, en otra piscina, pero del mismo modo, altamente desagradable. Fui con mi hermana mayor y con una amiga de aquella epoca colegial a una piscina capitalina. Como era un dia de libertad sin padres, nos hinchamos a comer guarrerías, a tirarnos "a bomba", a corretear y a jugar, hasta que forzosamente hubimos de abandonar la piscina bajo riesgo de que nos obligaran a limpiar el estropicio que mi amiga hizo al vomitar en el agua los tropecientos frigopies que se había comido. Estropicio que yo incremente al vomitar ante la asquerosa imagen que regurgitación rosadita de mi amiga flotando en el agua.
Umm, qué ganitas de verano, de piscina y de sardinas asadas.
18.7.06
Tiempo libre.
11.7.06
Malena es un nombre de tango.
5.7.06
Lazos familiares.

La imagen que veis a la izquierda no tiene nada que ver con el post de hoy, sino que es uno de los cuadros de los que hablaba ayer.
Es tan bonito que no he podido resistir la tentación de colgarlo. Y como este blog lo escribo yo, al que no le guste, que se joda.
Pero como digo, lo que vengo a contar no tiene nada que ver. Hoy vengo a hablar de mi familia. De mi familia paterna, concretamente.
Sólo tengo el (dudoso) placer de conocer a mi familia paterna más directa: tíos y primos hermanos (y de estos últimos creo que no les pongo cara a todos). En mi defensa diré que son muchos, mucho mayores que yo y, en su mayoría, bastante indeseables, al menos ésa es la impresión que me he llevado en lo poco que he tratado con ellos.
La cosa es que tengo un primo (segundo, o tercero, qué sé yo) al que hasta ayer sólo conocía de oidas. Se dedica a lo mismo que yo, y como tenemos un apellido curioso, muchas veces he oído eso de "Anda, te apellidas TT, ¿no conocerás a B.TT?" ante lo que yo salía con un trastabillado "Si, bueno, creo que es mi primo, pero no, no lo conozco".
Esta escena tuvo lugar ayer, en una sucursal de mi banco. Escasos minutos después el Sr. del banco me dijo "Mira, ése que entra es tu primo". Y me lo presentó.
Estuvimos hablando unos minutos y resulta que hace unos meses coincidimos en una reunión familiar y ni siquiera recordábamos habernos visto. El hombre del banco no daba crédito. Joder, que en esa reunión había unas 100 personas y yo no tenía ningún interés en hablar con todas ellas. Me dediqué a beber cerveza y hablar con aquellos que de antemano sabía que me caían bien, la mayoría de ellos mis hermanos.
Bueno, también entablé conversación con dos "nuevos" primos, pero es que estaban realmente de muy buen ver, y merecía la pena el esfuerzo...
Pero, a lo que iba, el tio del banco se quedó realmente flipado de que tuviera un primo (ojo, primo lejano) al que no conociera. ¿Por qué esa manía de la gente con que la familia ha de estar unida? ¿Y si me caen mal? Porque no es sólo que muchos de mis primos paternos me caigan mal, sino es que alguno de mis hermanos (somos un porrón) me cae fatal, joder.
¿Por qué tengo que relacionarme con ese ser más allá de lo estrictamente necesario? ¿Sólo porque nos parió la misma (santa) mujer? ¿Y con mi primo B.TT? ¿Tengo que conocerle sólo porque mi padre y el suyo tienen algún tipo de parentesco que ninguno de los dos acertamos ayer a concretar?
Pues eso, que entre que el del banco flipa con que no conozca a mi primo y que mi hermano el indeseable se empeña en llamarme cada fin de semana para que vaya a su infecta casa a cenar con mi "mozo" (es él el que usa esa expresión, que conste), estoy de la familia perfecta hasta los mismisimos.
4.7.06
Es que los cuadros visten mucho.

El sábado pasado Quic y yo nos pusimos el disfraz de Kristian Pielhoff y nos dedicamos a vestir la casa (siempre me ha hecho mucha gracia esta expresión).




