25.4.06

... Y quédate con todo lo demás.


Hoy he ido con Quic a comer a un restaurante italiano de mi antiguo barrio que solíamos frecuentar en la época colonial (o en la de antaño, no recuerdo bien) . El plato de mi elección ha sido francamente mediocre, pero por lo demás ha sido una comida estupenda.
Cuando hemos salido, hemos decidido encaminarnos a un café fashion al que desde hace tiempo tenemos ganas de ir, y que está a unas manzanas del restaurante italiano del plato mediocre.
Como yo soy más chula que un ocho, le he dicho a mi santo que fuera dándose un paseo rapidito, que yo en mi súper moto estaba allí en un pis pas. Allá que se ha encaminado él. Acá que me he quedado yo.
He abierto el sillín de Severa Moto, he sacado mi casco, he metido mi bolso, he cerrado el sillín, me he puesto el casco, me he puesto los guantes, me he montado en la moto... he mirado al contacto.... ¿y las llaves? ¿y las llaves? ¡LAS LLAVES! Dentro del bolso, que está dentro del sillín, que está cerrado y que no puede abrirse sin las llaves, obviamente.
Cojonudo. Después de esto y esto, lo de hoy me ha hecho decidirme: siendo lerda como soy, es mejor que me compre un patinete.
Ahora pagaría porque alguien me hubiera fotografiado la cara de lerda que he debido de poner cuando me he dado cuenta y lo primero que he pensado ha sido ¿Y ahora como arranco yo?.
Para luego pensar: Con el dedo, no te jode.
Mi segunda acción ha sido salir corriendo calle abajo mientras me quitaba el casco y los guantes y llamaba a Quic a pleno pulmón. Ha flipado el pobre, pero luego se ha comportado como el hombre que es y ha intentado (hemos intentado) forzar el sillín de la moto y abrirlo con las llaves de casa. Ninguna de tan geniales ideas ha dado resultado.
En fin, que he tenido que contarle al portero de la casa de mi madre que soy lerda, lo cual ha ablandado su corazón lo suficiente para que accediera a guardarme la moto en el garaje hasta mañana, momento en que sabré si dispongo de una llave de repuesto (que ni idea, oiga) o si tengo que llevar a Severa al taller, a que le cambien el bombín (pobre, eso tiene que doler fijo).
Cuando he llegado al curro, el conserje me ha recibido cantando: devuelveme las llaves de la moto.... Lo cual, todo hay que decirlo, me ha hecho mucha gracia, a la par que me ha llevado a plantearme lo rápido que vuelan las noticias, sobre todo con porteros de por medio.

17.4.06

Es complicado ser feliz. O no, que también pudiera ser.

Ser feliz, completamente feliz, es complicado. O lo hacemos complicado, más complicado cada día conforme crecemos.

De niños cualquier tontería se convierte en un mundo, en una tragedia griega. Pero igual de rápido que llega el drama, se esfuma con una celeridad impresionante. Se olvidan los malos momentos y quedan los buenos. De ahí lo de cualquier tiempo pasado nos parece mejor (que decía la sabia San Basilio, creo).

Cuando crecemos, todo se relativiza. Ya no lloramos (normalmente) porque se nos rompió nuestra goma favorita, o porque no queremos comer las judias verdes.

Pero tampoco disfrutamos de las pequeñas cosas como lo hacíamos antes. Ya no olvidamos los dramas con tanta facilidad, ni nos quedamos con lo bueno solamente.

Creo que hasta hace no mucho era capaz de emocionarme con cosas realmente tontas, y ser feliz un montón de tiempo solo por haberme tomado una caña fresquita al solecito una mañana de verano (y si era en una playa y acompañada de una ración de gambas rojas y sardinas asadas, ni te cuento lo que me duraba el subidón).

Ahora no. Bien es verdad que llueve, y que normalmente no tengo tiempo de tomarme esa caña. Pero si lo hiciera, la felicidad se acabaría con la caña. No duraría ni un segundo más.
Suponía que era normal perder la ilusión por las pequeñas cosas, o dejar de ser feliz con tonterías. Pero el otro día, en medio del viaje de amor y lujo a Bilbao descubrimos a un hombre que se convirtió automáticamente en mi ídolo. Me enamoré de él en medio segundo, y me hizo darme cuenta de cuán equivocada estaba.
Resulta que al lado del Guggenheim hay una fuente consistente en una serie de chorritos dispuestos en fila, directamente en el suelo, sin pilón ni nada (joder, me estoy explicando de pena). La cosa es que puedes pasar entre los chorros, o por encima de ellos, sin estructura arquitectónica (o de cualquier otro tipo) que lo impida u obstaculice en modo alguno.
El tipo/ídolo en cuestión era un hombre de unos taymuchos años, acompañado de su esposa, otra pareja y dos niños de unos 6/8 años.
Jugando con los niños el tipo/ídolo se mojó un poquito y decidió que la vida son dos dias (estoy segura de que decidió precisamente eso) y echó a correr por encima de los chorritos, uno tras otro, empapándose ante las carjadadas de los niños, la estupefacción de la pareja, el flipe de los múltiples viandantes y mi admiración eterna.
Salía de la fuente y le decía a los niños ¿otra vez? , los niños entusiasmados le invitaban a que lo repitiera y su mujer, conteniéndo una sonrisa complice de "ya está éste otra vez con sus cosas" le decía: no, otra no, que te está mirando todo el mundo.
Finalizada la actuación, los acompañantes del tipo/ídolo, se quedaron haciendo un corrillo, mientras éste se alejaba solo y a paso ligero: claramente iba a su casa a cambiarse.
Yo me pasé un buen rato repitiéndole a Quic que ese hombre, el hombre feliz, era mi ídolo. Y me quedé con las ganas de acompañarle en sus carreras fuentísticas.
Desde entonces tengo claro que uno no pierde la ilusión si no quiere. Y sonrío cada vez que me acuerdo de la escena.
Gracias, hombre feliz, quien quiera que seas.

10.4.06

El placer de comer. Hoy: Lubina al horno


Semejante cena, a cuyo exquisito sabor la foto no hace justicia en absoluto, fue la que nos metimos mi santo y yo entre pecho y espalda el pasado viernes.
Para los que no adivinen: se trata de lubina al horno con cebolla y calabacín.

Modo de preparación:

Ir al mercado y hacerse con dos lubinas, volver a casa.

Recoger la ropa tirada que has ido acumulando por las esquinas en los últimos días, echar un cigarrito, fregar los platos y vasos que has acumulado en los últimos días, poner una lavadora, echar un cigarrito, barrer el suelo, partir media cebolla y medio calabacín en rodajas y ponerlos ordenadamente en el fondo de una fuente para horno, echarle un chorrito de aceite de oliva, reservar.

Meter dentro de cada lubina (en la raja que previamente le ha hecho el pescadero a fin de sacarle las tripas) una rodajita de limón, y clavar otra en su lomo (en otra raja que ha hecho el pescadero, no sabemos muy bien para qué).

Poner las dos lubinas en la fuente, sobre la cebolla, el calabacín y el aceite, echar algo de sal, perejil y un chorrito de vino blanco, reservar.

Encender el horno a 180º, partir en trocitos el calamar (que, por cierto, también hemos adquirido en el mercado) que pensamos tomar de aperitivo, abrirse una cerveza para tomarla mientras cocinamos.

Mirar si ya se ha calentado el horno (sólo mirar, no tocar, que quema) y meter la fuente con la lubina a una altura media, poner el calamar en una sartén con muy poquito aceite, fregar el suelo de la casa mientras tanto, ir de vez en cuando a echarle un ojo al calamar y otro a la lubina, recoger la ropa tendida.

Ir añadiendo agua y vino a la lubina, a partes iguales, a medida que se vaya consumiendo, exprimir el zumo de medio limón y echarselo también a la lubina.
Como a estas alturas te has dado cuenta de que te has pasado echando líquido (la lubina nada y es feliz de la vida), solucionalo echando un poco de harina.

Quitar el calamar del fuego y ponerlo en un plato, bajar a mínimo la temperatura del horno y llamar a tu santo a la mesa.

Abrir una botella de vino blanco, dar buena cuenta del calamar, sacar la lubina del horno y zampársela también.

De postre: donetes.

Que aproveche.

4.4.06

Me cago en ...


1.- EL ALCALDE: Me cago en él tres veces antes de que mi culo vuelva a tocar el asiento de la moto cada vez que pillo un bache.
2.- LAS VIEJAS: Que se cuelan en el mercado y cuando las pillas y las pones en evidencia, te arman un pollo con toda su jeta (con j, no con g).
3.- LOS CAPULLOS: Que se creen mejor que otro porque tienen una mierdicarrera universitaria (que eso ya no cuela, joder).
4.- LOS JEFES: Que para demostrar que se merecen su puesto (pese a lo inútiles que son) se dedican a pisotear a su gente.
5.- LOS CONDUCTORES DE AUTOBÚS: Que desconocen el concepto "mirar el retrovisor" antes de cambiar de carril.
6.- QUIEN QUIERA QUE SEA: El que inventó lo de cortar el programa/serie/película, para poner anuncio y luego poner los 20 segundos que quedaban para que el programa/serie/película acabase.
7.- LOS TRABAJADORES: Que mienten descaradamente en su entrevista y te hacen pagarles una pasta para tener que despedirles en un mes.
8.- EL ALCALDE, otra vez: Por decidir tirar un puente y provocar con ello que yo tardara una hora en llegar del aeropuerto a casa justo a la vuelta de tres días agotadores de curro.
9.- LOS MENSAJES: De publicidad en el móvil.
10.- EL GILIPOLLAS: Que fue el primero que dijo eso de que "el trabajo es salud". Vamos, no jodas.

22.3.06

Matarile - rile - rón


Estoy preocupada.
Muy preocupada.
Últimamente, sueño casi a diario con que me cargo a alguien, y casi siempre es alguien cercano a mí. A quien se supone que quiero. Es más, casi siempre es aquél con el que comparto la casa y la cama.
Hay veces que no los mato yo, sino que se mueren solos, pero de las formas más extrañas. Y no suele darme pena.

En los sueños siempre es un rollo en plan huy, ha muerto, qué pena y ya.


¿Qué me pasa, doctor?

13.3.06

Llevo un look a lo Audrey, y yo sin enterarme.



El viernes, al salir de currar, fui a la peluquería.
Como de costumbre, le di a la Srta. Peluquera las tres pautas básicas (muy cortito, con la nuca despejada y que no tenga obligación de peinarme a diario) y, por lo demás, le dije que hiciera lo que tuviera por conveniente.
Esta táctica a veces da unos resultados estupendos, y otras veces sales de la pelu hecha un adefesio. Todo depende del talento/lo inspirado que esté ese día aquél en cuyas manos pones tu cabellera.
Qué se le va a hacer, peligro es mi apellido.
El tema es que, a más inri, le dije que mejor no me peinara mucho, por aquello de que según saliera me iba a poner el casco y, claro, no iba a servir de demasiado que ella invirtiera su tiempo, y yo mi pasta, en un peinado que iba a durar escasos tres minutos.
Salí de la peluquería con ganas de llorar, convencida de haberme convertido, previo pago, en un niño recién salido de un cole de frailes.
Una vez habiendo pasado por casa, haciendo el justo uso del bote de espuma y de estas manos que Dior me dió, habida cuenta de que no iba a volver a coger la moto, me peiné y me puse bien mona, recuperando mi escasa femineidad y algo de mi autoestima. Y, sobre todo, huyendo de los monjes benedictinos que me perseguían para castigarme por no ir a clase.
En definitiva, peinándome un poquillo resulta que el corte tiene aceptable éxito de crítica y público.
Pero eso no me tranquilizaba, porque (joder, lo dije bien claro) no quiero verme en la obligación de peinarme cada día, antes y después de coger la moto.
Esta mañana me he pasado 10 minutos delante del espejo asumiendo que apartir de ahora, entre semana, mi nuevo nombre será Fray Julián, por ejemplo.
Pero, oh, sorpresa (y hora viene el porqué del título del post), al entrar en el despacho me ha dicho una chica "Qué guapa estás, con ese flequillo que te han dejado eres clavadita Audrey Hepburn (sí, he tenido que buscar en google cómo se escribe el dichoso apellido) en Desayuno con Diamantes".
Coño, no es mal piropo, no.
Claro, que la chica ésta es mi empleada (por así decirlo) y le pago un pastón. Qué menos que hacerme la pelota, ¿no?
Pero, mirad, a nadie le amarga un dulce. Y a una le hace ilusión que la comparen con la Hepburn. Así que ahora estoy feliz cual perdiz con mi corte de pelo, sin peinar ni nada.

10.3.06

El placer de comer.


No pienso dejar que sea Quic el único que presuma de cocinitas, cuando todo lo que es entre fogones (y es bueno, muy bueno) me lo debe a mí.
Así que, puestos a presumir, ahí tenéis el arroz negro que mi santo y yo nos metimos anoche entre pecho y espalda. Se supone que era para dos personas, lo que nunca dije es cuántos días se alimentarían a base de arroz esas dos personas.
He de advertir que mi torpeza como fotógrafa no le hace justicia a mis dotes como cocinera y que, además, hay que tener en cuenta que lo hice en tres fases, debido al poco tiempo libre del que dispongo.
Así, el miércoles noche hice el caldo, el jueves por la mañana hice el sofrito y el jueves por la noche añadí el arroz y dimos buena cuenta de él.
Comí tanto que creo que mi pesadez de estómago ha influido en mis sueños de esta noche en los que me empeñaba en matar a mi santo apuñalándole por la espalda.
Si algún día muere así, no busqueis más: fui yo.

8.3.06

8 de Marzo: Día de la mujer trabajadora.


Ayer me dijeron eso de: joder, no actualizas. Pues no, no actualizo. Sé que no podéis vivir sin mí, pero no soy una tía especialmente ocurrente y, como últimamente no me he hostiado, pues no sé de qué escribir.
Tengo pendiente un post sobre los carnavales, pero está en el horno todavía.
Así que, en aras a calmar vuestra ansia de mí, escribiré o, más bien, haré un corta y pega (con mucho estilo, eso sí) de lo que mi amiga Ele nita me mandó ayer, esperando que me ayudara a no pensar que el día de la mujer trabajadora es una soberana gilipollez.
Esta mañana se lo decía a mi santo: no sé si soy mujer, pero trabajadora, un rato sí que lo soy. Y, como tal, me pareció interesante lo que L me mandó, así que aquí os lo dejo.
Un 8 de marzo de 1857, una marcha pionera de obreras textiles recorrió los suburbios ricos de la ciudad de Nueva York para protestar por las miserables condiciones de trabajo.
El 5 de marzo de 1908, en esa misma ciudad comenzó una nueva huelga de las obreras textiles, quienes reclamaban la igualdad salarial, la disminución de la jornada a diez horas y que se permitiera un tiempo para la lactancia.
Un suceso que horrorizó al mundo entero, y que tuvo lugar en el contexto de esa huelga, ocurrió en la fábrica Sirtwoot Cotton, donde más de 100 mujeres perecieron en un fuego provocado por el propio dueño de la fábrica, como respuesta a la toma pacífica del local por las obreras en huelga.
El año 1977, las Naciones Unidas declararon el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora. El color lila con que se identifica este día se debe a que de ese tono era el tejido que estaban confeccionando las obreras el día que murieron.
El Día de la Mujer Trabajadora es una conmemoración y no una celebración. Un día en que las mujeres exigen ser tratadas con el respeto que se merecen todos los seres humanos.

2.3.06

Mi moto y yo, el retorno.

Y vuelta la burra al trigo...

¿Creíais que había finalizado el culebrón de mi moto? (Sí, sí, es la de la foto, y, por cierto se llama Moto, Severa Moto)

Pues os equivocabais, mis pequeños blogovidentes. Cometisteis un garrafal error, mis queridos amiguitos del progressive.

Ayer, viniendo de camino al curro, tuvo lugar el quinto desastre.

Iba yo tan feliz, habiendo descubierto un camino más corto para venir al curro, con doble capa de guantes para proteger mis delicadas manos, monísima toda yo....

Cuando, de repente, sin venir al caso, y con muy mala educación, un grandísimo hijo de puta decidió, en el último momento, que le era absolutamente necesario torcer a la izquierda PERO YA, cuando iba circulando por el carril de la derecha, en una vía de no menos de cuatro carriles (pa' contar los carriles estaba yo, no te jiba).

¿Acaso era un obstáculo que yo, impertinente de mí, fuese circulando tan tranquila por mi carrilillo central? ¡No, hija, no!

Como dicen los Faemino y Cansado: soy madrileño, para mí un minuto es fundamental (o algo así, ya vendrá Quic a corregirme)

La cosa es que, no sé cómo ni porqué, pero el muy cabrón me arrolló y se piró, y allí me quedé yo, debajo de la moto, rogando a Dior para que los coches que venían detrás tuvieran a bien perder un minuto, frenar, y no pasarme por encima.

De cómo luego, reanudada la marcha, me di cuenta de que mis medias habían quedado para el arrastre, de cómo mi rodilla siguió sangrando hasta la noche, de cuánto y qué me duele hoy... hablaremos en otro capítulo, que ahora me voy a cenar al coreano. Ahí os quedais.

Buenas noches, y buena suerte.


28.2.06

La moto y yo.

Por razones que no vienen al caso resulta que suelo salir bastante tarde de trabajar. Y soy de natural perezosa, por lo que pegarme una hora (casi) de metro para volver a casa a las 23:00h. no me hace nada de ilusión.

Consecuencia: cada vez que salgo tarde, me pillo un taxi. Consecuencia 2: la ruina de mi unidad familiar está más bien cercana.

Así que me decidí a comprarme una motito (ciclomotor). Concretamente, a comprarle a mi hermana una motito que tenía semi muerta de risa.

Mi experiencia con ella, por mucho cariño que le tengo, no puede ser considerada como positiva.

La primera vez que la cogí, fue por la urbanización de mi hermana (a diferencia de la mayoría de la gente, yo jamás había cogido una moto en mi adolescencia, y la idea de cogerla directamente por Madrid me acojonaba bastante).

Primer día, primer desastre: me quedé sin gasolina. Empujando se solucionó la cosa. No fue tan grave, pero era sólo el principio.

Varias veces más la cogí por la urbanización, y cuando me sentí segura, pedí que me la bajaran a Madrid.

La primera vez en la capital, la cogí para venir a currar un sábado (que ya de por sí es bastante horrible). A la ida me llovió, pero eso no es nada.

Cuando salí de currar, a eso de las 21:00 h., ocurrió el segundo desastre: a dos manzanas del punto de partida, la moto se paró y decidió que no arrancaba más.

Tras varias llamadas intentando que me dijeran qué hacer por teléfono, que viniera una grúa y anulando las citas que tenía a continuación, vino mi cuñado (que vive al lado de donde me quedé tirada, no soy tan perra como para hacerle cruzar media ciudad) e intentamos hacer de mecánicos. No sirvió de nada.

Ayer, mi querida moto volvió a mis manos previo paso por el taller. No he conseguido entender lo que le pasaba, pero la cosa es que ya funciona.

La cogí para volver a casa, me estaba quedando sin gasolina y (aprendida la lección tras el primer desastre) paré en una gasolinera y pedí que me cargaran 5 euros en el surtidor de turno. Cuando llevaba algo más de 3 euros gastados, tercer desastre: el depósito se llenó, yo no me dí cuenta y la gasolina empezó a desbordarse. Una riada de gasolina era aquello.

Total, que le regalé euro y medio al Sr. Gasolinero, y me fui a casa acojonada con la obsesión de que, al desbordarse, la gasolina había ido a parar a donde no debía y que la moto, conmigo encima, iba a estallar de un momento a otro.
En fin, que acojonadita, pero sin estallidos, llegué a casa y me dispuse a subir el bordillo de la acera. Cuarto desastre (y último por el momento, gracias a Dior): me pasé con el puño, la moto salió disparada y me empotré contra la verja que cubre el seto de la entrada de mi casa, que ha quedado monísima, abollada toda ella.
(Si algún vecino lee esto, que olvide el último párrafo: YO NO HE SIDO).
Al intentar parar/frenar/poner los pies/hacer lo que fuese, me di un golpe en la rodilla que hace que ésta hoy me duela de una forma que podríamos denominar considerable.
En definitiva, que cualquier día me mato, no digais que no os avisé.

24.2.06

Historia del otro.

Ayer fue para mi el día del conflicto árabe-israelí.
Por la noche fui a ver Munich. Me gustó mucho, aunque se me hizo un poquito larga. También es verdad que no me dormí, que es buena señal.
Yo siempre me duermo en los cines. No puedo evitarlo. LLego allí, me siento, apagan las luces, la gente se calla, y servilleta se queda dormida. De hecho, ya lo he dicho por ahí alguna vez, me parece una inversión cojonuda pagar 6 euros (o más, que últimamente la cosa es de flipar) por una hora y media o dos durmiendo sin que nadie te moleste.
Pero ayer no me dormí, pese a que la peli empezaba a las 21:30 h. y acabó a eso de las 00:00 h. Lo cual quiere decir que me gustó, sin lugar a dudas.
Y cuando llegué a casa, encima de la mesa me esperaba un paquete, lo abro y allí está, el libro que llevo esperando desde septiembre: La historia del otro.
Es un libro sobre el conflicto árabe- israelí, escrito por seis profesores de historia palestinos y seis profesores de historia israelíes (¿israelíes o israelitas? Ay, madre...).
Pedí este libro a la ONG que lo edita allá por septiembre, a través de internet. Me dijeron que me llegaría en dos semanas. Ese mismo día me hicieron el cargo en la tarjeta de crédito.
Tres semanas más tarde llamé para ver qué pasaba. Me dijeron que había huelga de transportistas.
Dos semanas después llamé para ver qué pasaba, me dijeron que no lo sabían, que me devolverían la llamada. Me la devolvieron, y me dijeron que yo no había hecho ningún pedido. ¡Pero si hasta me lo habéis cobrado!, dije yo.
Bueno, pues rehago el pedido por teléfono, pero ya no me lo cobran más veces. Me dijeron que me llegaría en dos semanas.
Esta misma conversación se ha repetido más o menos cada quince días desde entonces. Hasta que el lunes me llamó una chica, desde el propio almacén, que me aseguró que ella misma lo iba a empaquetar y a enviarmelo, y que en cuatro días más o menos lo tendría en casa. Y así ha sido.
Lástima de no haberme quedado con su nombre, para llamarla y mandarle un besazo.
Si nunca en estos meses les he mandado a la mierda y les he pedido que se metieran el libro por el culo, ha sido por dos razones:
Una, QUIERO leer ese libro. Y sólo lo venden ellos, que yo sepa. Es verdad que tienen una tienda a la que puedes ir, pagar y llevartelo tú misma, pero siempre he sido consciente de que jamás me acordaría de hacerlo, así que quería que me llegara el libro a casa.
Dos, las tías con las que he hablado siempre eran encantadoras, y siempre se las notaba realmente avergonzadas por mi situación con el dichoso libro. Me hacían sentirme incapaz de ponerme borde.
En fin, lo importante es que ya tengo el libro. Y durante estos meses me he creado tantas expectativas con él, que estoy por no leerlo, porque seguro que me decepciona.

22.2.06

La luz al final del túnel.

Ayer por la noche creí que me moría. Más bien, creí que me suicidaba, esta vez sí que sí.

Tuve una cagada en el curro espectacular, y que hacía temblar un trabajo importante que tenía que hacer hoy. Fue una cagada mía, absolutamente mía. Y se arregló sola (y por el buen hacer de un buen samaritano - sí, todavía quedan - al que nunca se lo agradeceré bastante y al que le di los 10 euros - vale, no tenía más - que mejor he invertido en toda mi vida).

Cuando se lo he contado hoy a mi madre, sólo me ha dicho "o sea, que ayer te visitó tu ángel de la guarda". Yo no creía en esas cosas, pero desde ayer yo ya no dudo de ellas.

Me reconozco especialmente responsable a la hora de preocuparme con el trabajo. Quizá me preocupo demasiado, por lo que no sé si esta responsabilidad es un defecto o una virtud. Por ello, cuando ayer cometí una cagada propia de una irresponsable, me quería morir.

Pero bueno, se solucionó solo. Y mi ataque de nervios se fue calmando poco a poco gracias a quien se cogió un taxi y se vino a casa a hacerme compañía. Algo por lo que yo no hubiera apostado hace tan solo unos días. Gracias.

Y hoy el trabajo ha salido realmente bien. Quizá la conclusión final no será la que yo querría, pero eso ya no depende de mí.

Yo me quedo con la satisfacción que da el saber que has hecho tu trabajo lo mejor posible. Que has dado todo lo que tenías. Y, qué coño, que lo has hecho mejor (mucho mejor, incluso) que otro con más tablas.

La satisfacción del trabajo bien hecho, en definitiva. Y la satisfacción del ver que no has perdido la ilusión del todo. Que hoy te lo has pasado bien, y que hay posibilidad de recuperarse.
Vuelve a haber luz al final del túnel.

19.2.06

Aburrimiento.

Estaba intentando recordar algo gracioso que me haya pasado últimamente para poder escribir sobre ello.

Y nada. Eso ha sido todo lo que he conseguido recordar: NADA.

Y es que mi vida es de lo más aburrida últimamente. No paro de hacer cosas, me faltan unas ocho horas diarias para llegar a todo, podría decirse que no tengo tiempo ni para aburrirme.

Pero lo cierto es que me aburro constantemente. Me aburre soberanamente trabajar, aunque no paro de hacerlo.

Me aburre limpiar, me aburre escuchar música, me aburre estar sola, me aburre ver pelis, me aburre estar con la gente.

El viernes salí, vi a amigos que hacía tiempo no veía, conocí gente nueva bastante maja, bailé, bebí, canté... Acabé pasadas las seis.

Se diría que fue una noche estupenda. Y lo triste es que para mi fue un soberano aburrimiento.

Si no me fui a casa antes, sólo fue porque era consciente de que en casa no lo pasaría mejor, y sólo quería llegar lo suficientemente cansada para dormirme rápido. Qué gris es todo.

17.2.06

Viernes tarde, y currando.

Me acaba de llamar un tio con el que colaboro habitualmente (profesionalmente hablando) y lo primero que me ha dicho cuando le he cogido el teléfono ha sido : Anda, pensaba que no estarías.
"Entonces, para que coño me llamas", he pensado yo. Pero no se lo he dicho, me he limitado a decirle: Pues ya ves que estoy, y si me llamas mañana o pasado, también estaré.

Y es cierto, mañana trabajo, y pasado también, y al otro, y al otro, y al otro...


Es lo bueno que tiene dedicarse a una profesión liberal de forma autónoma: trabajas tanto que pierdes tu vida propia, ganas cuatro duros y la mitad se los lleva hacienda, ni se te ocurra ponerte enfermo...

Eso sí, puedo decirlo con orgullo, incluso gritarlo: ¡SOY UNA MUJER MODERNA Y LIBERADA!

Y una mierda, me sentiré una mujer liberada cuando pueda dejar de trabajar y dedicarme a cultivar mi cuerpo y mi mente todo el día.

Lo digo sin miedo: ¡QUIERO SER AMA DE CASA!

Una compañera de la facultad siempre lo decía: Yo estudio esto porque sé que tendré que trabajar, y esto me gusta, pero no es vocación. Yo, en realidad quiero ser ama de casa y cuidar a mis hijos. Es una vida ideal. Quiero hacerme amiga de otras madres y tomar café con ellas tras dejar a los niños en la escuela, quiero tomar una coca light con las chicas del gym tras sudar durante una horita, quiero que depilarme sea lo que más estrés me cause en toda la semana.

Yo siempre contestaba que me cansaría de una vida así, que aunque fuera rica me dedicaría a mi profesión porque lo mio era verdadera vocación, que quizá prestaría mis servicios a ong's o algo así, pero que seguiría trabajando.

Ay, cuán equivocada estaba.

Tras un tiempo (tampoco muchísimo) de trabajar y trabajar sin casi tener tiempo de pararme a mirar, me acuerdo de lo que decía mi amiga y veo en sus palaras el sueño de mi vida, la utopía que nunca alcanzaré.

Sí, es viernes por la tarde, la gente está pensando a qué hora quedará, o qué se va a poner, y yo no sé a que hora saldré, ni si debería salir, porque mañana curro otra vez.

Qué asco.

13.2.06

Triste, pero cierto.

El otro día, concretamente el pasado sábado, estaba en casa viendo la tele (triste, pero cierto) y durante un rato me detuve a ver Salsa Rosa (supongo que eso decimos todos, que lo vemos de pura casualidad, y sin entusiasmo, yo en realidad - venga, lo reconoceré- lo veo cada sábado que me quedo en casa - triste, pero cierto-).

La cosa es que estaban entrevistando al hermano de Pedro Carrasco (gracias a Dior no tengo que pasar la vergüenza de recordar el nombre del hermano, que ya sería el colmo), y una cosa que dijo se me quedó grabada y me hizo pensar (sí, triste, pero cierto): en la vida, cada uno recibe lo que da. Si das cariño, recibes cariño, si das discordia, recibes discordia.

¿Será esto verdad? Espero que no, porque entonces, descuadraría todos los esquemas que mi mente se ha hecho recientemente.

Siempre creí estar dandolo todo y, a cambio, haber recibido muchas cosas buenas, y algunas pocas malas.

Hasta que, de repente, me empezaron a pasar putadas, una detrás de otra, y a cada cual más gorda. ¿Querrá esto decir que, también de repente, he comenzado a hacer putadas a los demás, una detrás de otra y a cada cual más gorda?

Pues, sinceramente, de ser así, preferiría haberlas hecho conscientemente, porque al menos podría haber previsto lo que se avecinaba. E incluso, quién sabe, apelando a ese ser rastrero que todos llevamos dentro, podría haber disfrutado puteando a los demás, y ahora no me sentiría tan mal. Triste, pero cierto.

9.2.06

Honradez.

Honradez.
(De honrado)
1. Rectitud de ánimo, integridad en el obrar.

Recto, ta.
(Del latin rectus)
4.adv. Justo, severo e intachable en su conducta.

Ánimo.
(Del latín animus)
2. Valor, esfuerzo, energía.
3. Intención, voluntad.
4. Atención, pensamiento.

¿Por qué será que nos cuesta tanto ser honrados? A unos más que a otros, evidentemente.

Todos, en mayor o menor medida, dejamos de ser honrados en algún momento. Y lo verdaderamente triste es que renunciamos a nuestra honradez por motivos puramente egoistas y, en la mayoría de los casos, absolutamente superficiales.

Me enseñaron a ser honrada de pequeñita. Uno puede meter la pata mil veces en la vida, pero todo tiene solución cuando se actúa de corazón y con honradez. Eso me decían, e intento recordarlo y aplicarlo cada día de mi vida.

Aunque, lamentablemente, no es fácil encontrar a gente que valore la honradez tanto como yo lo hago.

Y no, no hablo de ser ese tipo de gente que como defecto propio señala "soy demasiado sincera". Anda y vete a tomar por culo, hombre ya.

8.2.06

Hombres.

Llevo toda la semana con una canción verdaderamente espantosa, hortera y mala de cojones en la cabeza dando vueltas. A ver si sometiéndome al escarnio público (de ese público tan numeroso que tiene este blog) se va de una vez.

Todos los hombres son tan egoistas que han confundido macho con machista
Todos los hombres son tan presumidos que han olvidado ser agradecidos

Ellos son así por naturaleza
Viven dominados por su vanidad
Corren impulsados por sus ansias de ganar y nada más
Ponen el cerebro, nunca el corazón
Vuelan como cuervos a tu alrededor y al sexo llaman amor
Ellos son así desde la prehistoria
Siguen los caprichos de su voluntad
Cuando tienen todo, siempre quieren mucho más, es lo normal
Digan lo que digan, tienen la razón
Hagan lo que hagan, te lo digo yo: No saben pedir perdón

Todos los hombres son desordenados y siguen siendo niños malcriados
Todos los hombres son tan especiales que han conseguido ser todos iguales...
Y sigue así, una y otra vez. Y las tías la cantan sin vergüenza alguna. A mí me da vergüenza ajena escucharla, y vergüenza propia mantenerla martilleando mi cerebro. Pero no hay nada que hacer, es un caso perdido.