
Me piro, por fin, de vacaciones. En unas horas abandonaré este despacho, esta mesa, este ordenador, para no verlos más hasta septiembre.

Yo no tengo piscina en casa, ni en la de mis padres, ni en la casa de la playa. Lo más parecido a una piscina que hay en mi entorno es una piscina vacía, con filtraciones y con la depuradora rota que hay en casa de Mari-Ici, y una piscina hinchable para niños tamaño industrial que ha puesto Mari-Ici en su jardín (para suplir las carencias de la otra) y en la que me he remojado este verano una sola vez.
Todas las semanas me planteo ir al menos un par de veces a la piscina pública, pero por unas cosas u otras al final no voy. Sin embargo, me encanta la piscina, me gusta casi más que el mar, aun cuando la considero mucho menos higiénica.
Todos mis recuerdos de verano de mi niñez (y por niñez me refiero a todo el tiempo transcurrido desde que tengo memoria hasta que empecé a currar, y a tener sólo un mes de vacaciones) van estrechamente ligados a una piscina en concreto, en la que recuerdo haber pasado prácticamente los mejores ratos de mi vida.
Y no sé por qué le tengo tanto cariño a esa especie de alberca, cuando en las piscinas en general he tenido experiencias verdaderamente atroces. A saber, a modo de ejemplo:
- Contaba yo con más o menos tres añitos, y me daba miedo subir al trampolín alto de esa piscina en concreto de la que digo tener tan buenos recuerdos. Uno de mis hermanos mayores, concretamente con 19 años más que yo, me convenció para subirme con él, bajo la vil argucia de prometerme tirarse conmigo en brazos, de pie y sin soltarme hasta que entraramos en el agua. Acepté, subimos a aquél trampolín cuya altura no recuerdo (pero creedme, era muchísima, sobre todo comparada con la mía en aquella época), me cogió en brazos, saltó y en el preciso instante en que sus pies tocaban sólo el aire, no sólo me soltó, sino que realmente me lanzó hacia arriba, empecé a dar vueltas y finalmente estrellé mi panza contra el agua en un acto doloroso que aún hoy, 23 años después, me pone los pelos de punta recordar.
Qué leche no me daría que todos mis hermanos, presentes en aquél cruel y doloroso momento, se tiraron a por mí al agua ante el unánime pensamiento de "la niña s´ha matao".
- Desde entonces le tuve terror a las alturas, a los puentes y a ese trampolín en concreto. Terror que se me ponía en el corazón y en la garganta cada vez que veía a uno de "los mayores" hacer el gilipollas saltando de ese trampolín, pero, en lugar de hacerlo hacia el frente, hacerlo de lado, desafiando la posibilidad de hostiarse contra el trampolín mediano (que estaba en la trayectoria lateral) o, en su defecto, contra el bordillo de la charca.
Eso le ocurrió unos cuantos años después a un hombre al que no conocía, que se tiró de lado y se abrió la cabeza contra el bordillo. Creo recordar que no murió, pero que fue un acontecimiento que podríamos calificar como muy desagradable.
- De por sí aquella piscina era un desafío contra la higiene, principalmente porque los miércoles hacíamos en ella fiestas con barra libre de cerveza y sangría que duraban hasta altas horas de la madrugada y en las que, os podéis imaginar, en la piscina se derramaban toda clase de líquidos (con y sin tropezones), excepto cloro precisamente. Ahora, que nosotras, ni cortas ni perezosas nos metíamos en la piscina al día siguiente de las fiestas, no sólo para limpiar el fondo y paredes de la misma, sino, muy principalmente, para agenciarnos la pasta que se le había caído a la gente que, voluntaria o forzosamente, se había dado un chapuzón con toda la vestimenta.
Mítica es aquella vez que, a la mañana siguiente a una fiesta, encima de una mesa fueron encontradas dos huellas humanas, y, entre las mismas, una excreción de considerable dimensión (una pedazo de mierda, vaya). Vale que no es en el agua piscinera, pero es su entorno, así que me vale como anéctoda de piscina.
- Y, por último, no puedo dejar de contar otra experiencia, en otra piscina, pero del mismo modo, altamente desagradable. Fui con mi hermana mayor y con una amiga de aquella epoca colegial a una piscina capitalina. Como era un dia de libertad sin padres, nos hinchamos a comer guarrerías, a tirarnos "a bomba", a corretear y a jugar, hasta que forzosamente hubimos de abandonar la piscina bajo riesgo de que nos obligaran a limpiar el estropicio que mi amiga hizo al vomitar en el agua los tropecientos frigopies que se había comido. Estropicio que yo incremente al vomitar ante la asquerosa imagen que regurgitación rosadita de mi amiga flotando en el agua.
Umm, qué ganitas de verano, de piscina y de sardinas asadas.

La imagen que veis a la izquierda no tiene nada que ver con el post de hoy, sino que es uno de los cuadros de los que hablaba ayer.
Es tan bonito que no he podido resistir la tentación de colgarlo. Y como este blog lo escribo yo, al que no le guste, que se joda.
Pero como digo, lo que vengo a contar no tiene nada que ver. Hoy vengo a hablar de mi familia. De mi familia paterna, concretamente.
Sólo tengo el (dudoso) placer de conocer a mi familia paterna más directa: tíos y primos hermanos (y de estos últimos creo que no les pongo cara a todos). En mi defensa diré que son muchos, mucho mayores que yo y, en su mayoría, bastante indeseables, al menos ésa es la impresión que me he llevado en lo poco que he tratado con ellos.
La cosa es que tengo un primo (segundo, o tercero, qué sé yo) al que hasta ayer sólo conocía de oidas. Se dedica a lo mismo que yo, y como tenemos un apellido curioso, muchas veces he oído eso de "Anda, te apellidas TT, ¿no conocerás a B.TT?" ante lo que yo salía con un trastabillado "Si, bueno, creo que es mi primo, pero no, no lo conozco".
Esta escena tuvo lugar ayer, en una sucursal de mi banco. Escasos minutos después el Sr. del banco me dijo "Mira, ése que entra es tu primo". Y me lo presentó.
Estuvimos hablando unos minutos y resulta que hace unos meses coincidimos en una reunión familiar y ni siquiera recordábamos habernos visto. El hombre del banco no daba crédito. Joder, que en esa reunión había unas 100 personas y yo no tenía ningún interés en hablar con todas ellas. Me dediqué a beber cerveza y hablar con aquellos que de antemano sabía que me caían bien, la mayoría de ellos mis hermanos.
Bueno, también entablé conversación con dos "nuevos" primos, pero es que estaban realmente de muy buen ver, y merecía la pena el esfuerzo...
Pero, a lo que iba, el tio del banco se quedó realmente flipado de que tuviera un primo (ojo, primo lejano) al que no conociera. ¿Por qué esa manía de la gente con que la familia ha de estar unida? ¿Y si me caen mal? Porque no es sólo que muchos de mis primos paternos me caigan mal, sino es que alguno de mis hermanos (somos un porrón) me cae fatal, joder.
¿Por qué tengo que relacionarme con ese ser más allá de lo estrictamente necesario? ¿Sólo porque nos parió la misma (santa) mujer? ¿Y con mi primo B.TT? ¿Tengo que conocerle sólo porque mi padre y el suyo tienen algún tipo de parentesco que ninguno de los dos acertamos ayer a concretar?
Pues eso, que entre que el del banco flipa con que no conozca a mi primo y que mi hermano el indeseable se empeña en llamarme cada fin de semana para que vaya a su infecta casa a cenar con mi "mozo" (es él el que usa esa expresión, que conste), estoy de la familia perfecta hasta los mismisimos.





Y esto es todo amigos, que aunque no lo parezca, llevo desde esta mañana para escribir este peñazo, y son las 18:53 h. Hala, a mamarla.

Feminista que está una, hoy quiero hacer un sentido homenaje a las mamás, esos seres que más que humanos son súper héroes que, cual un McGiver cualquiera, son capaces de hacer mil cosas a la vez sin siquiera despeinarse.
Hace ya tiempo que Quic le dedicó este post a su supermamá particular.
Yo quiero dedicar éste a poner de manifiesto mi absoluta creencia de que las madres son como son, tan madres, por la influencia de algún tipo de extraño fenómeno que tiene lugar en el momento del parto o, en defecto de éste, en el momento de firmar los papeles de la adopción.
En esta tendencia a generalizar que últimamente me caracteriza, afirmaré sin temor a meter la pata que todas las madres tienen una serie de características en común, de las que carecemos aquellas a las que la maternidad no nos ha llamado aún.
Evidentemente, para llegar a estas conclusiones me he basado principalmente en mi propia madre, que no sólo es madre, sino que lo es un porrón de veces, por lo que en ella todas estas características están muy, pero que muy, pronunciadas.
1.- El bolso: Todas las tías, por lo general, solemos llevar un gran bolso lleno de cosas que a los demás les parecen inservibles pero sin las cuales no podemos salir de casa. Pero lo de las madres es de traca.
En un bolso de madre puedes encontrar un yo-yó, una peonza, lápices de colores, tiritas, aguja e hilo, un cuaderno, kleenex, una pieza de fruta, treintamil tazos, una goma del pelo, una goma de borrar, una barbie, un coche de bomberos, una botellita de suero fisiológico, un pañal, crema hidratante...
Creíamos que el bolso mágico de Mary Poppins era una invención, pero no, ¡estaba basado en un bolso de madre!
2.- Los nombres: Una mujer, cuando se convierte en madre, irremediablemente olvida el nombre de las cosas y lo sencillo que puede resultar dar órdenes cuándo se expresa uno con claridad. Comienzan a pedirte las cosas con expresiones tales como "traéme la cosa marrón, que está sobre lo verde, en la habitación aquella".
Por no hablar de cuando llaman a unos hijos con el nombre de otros, o incluso con el del perro.
Lo más triste es que los hijos, a los que nos han lavado el cerebro desde recién nacidos, las entendemos.
3.- Poca necesidad de dormir: Las madres se acuestan tarde, porque después de bañar a los niños, darles de cenar, leerles un cuento... Cenan ellas, recogen los cacharros, cosen un botón que se ha caído del babi del cole, cortan la tela para el disfraz del baile de fin de curso y por fin aprovechan un poco su tiempo libre y tranquilo...
Durante la noche se despiertan al mínimo ruido, cuando el nene tose, cuando el nene se hace pis, cuando el nene tiene miedo, cuando el nene tiene sed...
Y por la mañana se levantan bien temprano, para ducharse, despertar a los nenes con cariño, prepararles el desayuno, volver a despertarles al grito de "hoy llegais al cole tarde", preparar el bocadillo para media mañana...
Esto desemboca en el hecho de que a las madres les baste con dormir un par de horas. Lo cual, cuando eres adolescente, es una auténtica putada: se despiertan cuando llegas, por lo que se enteran de que llegas tarde y tajada, y se despiertan cada vez que te mueves, por lo que se enteran cada vez que vas al baño a potar y a las ocho de la mañana están en pie, cantando pasodobles y descojonándose del dolor de cabeza que te están causando (¿o eso es sólo la mia?) .
4.- Memoria para los detalles: las madres se acuerdan de un montón de cosas, relacionadas con sus hijos, que a los demás no nos llamarían nunca la atención. Que fulanito no come pimiento verde, que menganito bebe tónica, que a zutana le gusta una pastita con el café, que llames a tal porque es su cumpleaños, que llames a Pascual para ver que le dijo ayer el médico, que la comida favorita de aquél es aquélla...
En mi madre, dado lo enorme de su número de hijos, ésta es una virtud que admiro muchísimo. Yo no me sé la mitad de las fechas de cumpleaños de mis hermanos, y ella se acuerda de los cumpleaños, santos y aniversarios de boda de sus hijos, hijas, yernos y nueras. Por no hablar de las fechas relacionadas con los nietos.
Además, sabe cuando tienes un día importante, crucial, y siempre te llama para ver qué tal. En mi época de estudiante siempre le pedía que pensara en mí a la hora que tenía el examen, en la firme creencia de que me daba buena suerte. Hoy en día, en esos días que tiene mi profesión en los que te juegas el trabajo de meses a una carta, le sigo pidiendo que se acuerde de mí a una hora concreta. Seguro que a veces se le olvidará, pero estoy convencida de que el 95% de las veces se acuerda, bien cinco minutos antes, bien cinco minutos después ¿Por qué? Porque es una madre de raza, y las madres se acuerdan de las cosas.
5.- Frases hechas y refranes: Las madres, para educar a sus hijos, recurren a los dichos populares. "Tanto va el cántaro a la fuente..."; "A buen hambre no hay pan duro"; "No pasa nada hasta que pasa"; "Quien a los suyos se parece..."; "Allá donde fueres..."
Como decía, yo creo que todas estas cosas se adquieren al convertirte en madre. Yo, que cada vez abrazo con más alegría la idea de no serlo nunca, creo que no podré comprobarlo por mí misma, pero mi hermana dará a luz su primer hijo dentro de poco y pienso estar atenta a todos los cambios que experimente.

Dicen que el femenino es el sexo débil. Me río yo de la fortaleza de los hombres.
Aún a riesgo de ser linchada por los Haters, lo afirmaré sin miedo: los hombres son más débiles, tanto física como psicológicamente.
En cuanto a la faceta psicológica de tal debilidad, he de decir que ahora que están tan de moda las depresiones y ansiedades, conozco muchos más tíos que tías afectados de tales dolencias. (Conste de antemano que no quiero ofender ni ningunear la enfermedad de nadie ¿eh? -viva el buenrollismo-)
Pero lo cierto es que, de hecho, no conozco a ninguna mujer que esté deprimida o ansiosa en los conceptos clínicos del término. Y sí a varios hombres.
Quizá porque las mujeres estamos más acostumbradas a estar tristes, preocupadas, estresadas o lo que sea, y por ello no llegamos a los extremos. Me explico: creo yo que las mujeres somos más sensibles y más histéricas, lo somos de nacimiento. Por ello, estamos acostumbradas y no nos derrumbamos ante un aumento de sentimientos que, en definitiva, es lo que te lleva a una depresión o a un estado de ansiedad (toma frisbie, que diría eljorje).
En cambio, a los tíos, por regla general, les cuesta más expresar y asumir lo que sienten, no lo descargan con la facilidad que lo hacemos las niñas (con llamar a un par de amigas y desahogarnos durante aproximadamente ocho horas, asunto arreglado), lo guardan, lo guardan y cuando la cosa se complica, revientan.
Una conocida, con una vida bastante jodida, anda siempre de buen humor y sonriendo. Una vez le preguntaron cómo lo hacía y ella contestó lo siguiente: de vez en cuando me encierro en mi cuarto, me como una tableta de chocolate y rompo a llorar durante horas. Cuando se me acaban las lágrimas salgo y sigo con mi vida.
Si los chicos lloraran más, sufrirían menos.
Y tampoco físicamente son más fuertes. Cuando les duele algo, se convierten en muebles viejos: objetos inertes que sólo emiten sonidos quejumbrosos. Mi santo dice que es un tema genético, que las tías somos resistentes al dolor para poder aguantar un parto. Que ellos no podrían.
No sé si es por genética o por educación, pero en cualquier caso que aguantan menos el dolor es una verdad como un templo. Si a nosotras nos duele algo, aún somos capaces de limpiar la casa, ir a currar, salir a tomar algo, volver la casa, hacer la cena, aguantar a los niños y nos queda tiempo para mimarles un poquito. Si les pasa a ellos, simplemente dejan de existir. Y es que, como me dijo hace poco una amiga: no nos damos cuenta, pero sus dolencias son peores; sus diarreas son más fuertes, sus dolores de espalda son horribles, sus dolores de cabeza insufribles... les invalidan totalmente.
A nosotras no nos debe doler tanto, porque nos podemos seguir haciendo cargo de todo. Y cuando nos quejamos, ni caso, porque como seguimos activas resulta evidente que nos estamos quejando de vicio. Y si nos quejamos más, es que somos unas exageradas, porque, total, por un dolorcito de nada. Y no te cuento ya como nos apetezca estar a oscuras y en silencio porque no soportamos más esa maldita luz que entra por la ventana, así, de repente, sin venir a cuento. Hay que ver lo que exageramos.
No, caballero, no. Cuando tú te quejas, el dolor puede ser una simple molestia. Cuando yo me quejo, llevo aguantando una molestia tonta durante horas, si no días, y en este momento el dolor es insoportable. Y si vuelvo a oir un "venga, cálmate que no es para tanto" el dolor insoportable va a pasar de mi cuerpo a tu entrepierna, no sé si me explico.
En fin, que os quería ver yo soportando el cambio hormonal bestial (yo sí me pongo histérica, lo reconozco, y me creo en mi derecho de estarlo) y el dolor de ovarios/riñones/pechos/cabeza propios de la menstruación, mes a mes, sin faltar uno (y que siga así por muchos años, por Dior).



